Hay noches donde los espíritus vagan buscando almas o rindiendo cuentas entre los vivos, esa noche tiene nombre, Halloween... Y aquí comienza en un castillo de un solo dueño una invitación muy particular, espero que mi relato les haga pasar un buen rato....
Hay tres propuestas por el anfitrión, elegí la segunda, imprescindible que ellas vayan de alguna manera incluidas en el texto
Prendas de encaje blanco + cinta + sombrero de copa.
El Nudo
Subí por la escalinata del Castillo gótico, el eco de mis botines negros retumbaba en la piedra fría.
Llevaba un bodies blanco de encaje, tan fino que parecía hecho de niebla, ceñido a mi cuerpo como si siempre hubiera sido parte de mí. El encaje se abría en mi escote, pareciera dejar volar la imaginación.
Las medias blancas subían hasta mitad del muslo, sujetas por ligas que temblaban con cada latido mío. Debajo, mi piel se mimetizaba con el encaje.
Un toque de sangre falsa en la comisura de los labios, hacia ese efecto de noche de Halloween, pura en apariencia. Impura en intención.
En el centro, sobre una silla de terciopelo, un sombrero de copa negro esperaba a su dueño.
— Puntual — dijo él detrás de mí.
No me giré. Sentí su presencia ocupar toda la habitación.Alto, impecable, con ese sombrero ya en la cabeza. Se acercó y de su interior sacó la cinta. violeta. Del mismo color que las paredes que nos encerraban.
— Las manos — ordenó, suave.
Se las ofrecí. Sin dudar. Con las palmas hacia arriba.
Me cogió las muñecas. Su piel caliente contra mi pulso disparado. Pasó la cinta violeta sobre el blanco de mi encaje con una lentitud cruel. Una vuelta. Roce. Otra vuelta. Sus dedos se colaban a propósito entre la cinta y mi piel.
El juego acababa de comenzar.
El nudo quedó flojo a propósito. Podría romperlo, esa opción no pasó por mi mente.
Se inclinó. No besó mi boca. Besó el nudo entre mis muñecas. Un beso húmedo, lento, sentía como mis mejillas ardían.
— Tan blanca... — susurró, y tiró apenas de la cinta, lo justo para obligarme a dar un paso hacia él, para que mi pecho rozara su cuerpo.
Con la cinta tensa en una mano, con la otra levantó mí barbilla, me pasó el pulgar por la gota de sangre falsa de mi labio, para después saborearla.
— Si te dejo atada es porque confío en que sabrás esperar. Con las manos juntas y las piernas temblando por mí. ¿Sabrás?
— Sí — jadeé.
— Sí, ¿qué?
— Sí, Si es lo que desea.
Sonrió.
— Buena chica. Así, con la cinta sobre mis muñecas, de blanco y temblando, estás perfecta para mi noche de Halloween.
Tiró suavemente y me pegó a él. Su sombrero de copa rozó mi frente, su boca quedó a un suspiro de la mía, sin besarme, rozando sus labios, saciando mi sed.
— Ahora te has unido a mi noche de Halloween — me susurró al oído, con voz de terciopelo oscuro —
La noche solo acababa de comenzar y mi cuerpo ya no era mío. Era un espíritu errante que había cruzado pasillos, siglos y sombras hasta esta Habitación Violeta.
Blanca, pura y dormida...
Hasta que tú, con una cinta violeta y un sombrero de copa negro, me devolviste a la vida. Con un nudo. Con un beso que no tocó mi piel, sino mi alma.
Hoy es Halloween. Esta noche todo puede pasar.
Los vivos se hacen espíritus. Los espíritus se hacen carne
Campirela_


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