Para quien pase por aquí, dejo un abrazo suave, de esos que no aprietan pero sostienen.
Hoy cerramos esta convocatoria con la sensación de haber tocado algo muy profundo, esas personas especiales que caminan por la vida sin saber cuánto significan. Vuestras palabras las han hecho visibles, y también nos han recordado la belleza de mirar con cariño.
Gracias a todas por participar y aquellos que con sus comentarios han añadido su granito de arena enriqueciendo aún más los textos, por abrir un pedacito de vuestra historia y por sostener este espacio con tanta sensibilidad. Cada texto ha sido un regalo.
Nos reencontramos el próximo jueves, con nuevas historias y nuevas emociones por descubrir.
Nuestra próxima anfitriona es ROSELIA...
Aurelio tenía setenta y muchos, aunque él decía que tenía “los suficientes para no correr y los necesarios para seguir sonriendo”. Caminaba despacio, con su bastón de madera y una bufanda que siempre olía a lavanda. Era un hombre corriente, según él. Según todos los demás… no tanto.
Cada mañana se sentaba en el banco del parque, justo al lado del estanque. Abría su termo de café y saludaba a las palomas como si fueran viejas amigas. Lo curioso era que ellas siempre acudían, incluso las más ariscas. “Será mi encanto natural”, decía riendo, sin notar que las aves parecían escucharlo de verdad.
Un día, una niña se acercó llorando porque había perdido su cometa. Aurelio, con su calma habitual, le pidió que respirara hondo. “Las cosas que se quieren mucho nunca se van del todo”, murmuró. Señaló al cielo sin mirar, como quien apunta por intuición. Y allí estaba, la cometa roja descendiendo lentamente, como si obedeciera una orden silenciosa.
La niña lo abrazó. Aurelio se encogió de hombros. “Casualidad”, dijo, aunque sus ojos brillaron un instante.
Otro día, una anciana se quejó de que sus flores no crecían. Aurelio tocó la maceta con cariño, como quien acaricia un recuerdo. A la mañana siguiente, las flores habían florecido de golpe, llenas de color. “Será el clima”, comentó él, sin darse cuenta de que el clima llevaba semanas gris.
La gente del barrio empezó a llamarlo el señor de los pequeños milagros. Él siempre se reía, negando con la mano. “Yo solo paso por aquí”, decía.
Pero cada vez que Aurelio caminaba, las hojas parecían apartarse para no molestarle.
Cada vez que sonreía, el aire se volvía un poco más cálido.
Y cada vez que alguien necesitaba consuelo, él aparecía justo a tiempo, como si el mundo le susurrara dónde ir.
Aurelio nunca supo que era especial. Pero todos los demás sí.
Campirela _
Te propongo un relato donde ella/el protagonista sea alguien completamente normal… o eso cree.
Puede ser divertido, emotivo, mágico, cotidiano o una mezcla de todo.
Lo importante es que, en algún momento, el personaje descubra —o el lector intuya— que tiene algo especial, aunque él o ella aún no lo sepa.
Pasarlo bien, compartir historias y ver cómo una misma idea puede transformarse en mil mundos distintos.
Aquí no buscamos perfección, buscamos imaginación, corazón y ganas de disfrutar.
Extensión, ya sabéis, procurar no excederse de más de 350 palabras
Cualquier género es válido: humor, aventura, fantasía, romance, misterio...
El personaje principal debe creer que es normal, aunque el lector descubra lo contrario.
Pistas a elegir:
*Un repartidor que sin saberlo puede hablar con los animales.
*Una chica tímida que provoca pequeños milagros sin darse cuenta.
*Un abuelo que siempre, con su buena voluntad, hace que algo bueno suceda a su alrededor… porque tiene un don.
*Un niño que cree tener mala suerte, pero en realidad salva a todos sin saberlo.
*Una persona corriente que cambia la vida de otros sin darse cuenta.
Podréis elegir la propia vuestra, si no halláis algo que os encaje o guste, libre elección.
Esta convocatoria nace para compartir historias que nos hagan sonreír, sentir y recordar que todos tenemos algo especial, incluso cuando no lo vemos.
Te invito a unirte, a crear y a disfrutar.
Tu historia puede ser la chispa que ilumine el día de alguien.
Ya sabéis, os espero dejar vuestros enlaces en los comentarios y desde esta misma página os los subiré conforme vayan llegando; así pues, buen viaje a todos los que su mente la dejan volar.
NOTA IMPORTANTE: Gracias, a todos por vuestro cariño. De momento, el problema que me impedía estar al cien por cien con ustedes, bueno, ha mejorado bastante, con lo cual ya puedo estar aquí el tiempo que necesite para sus relatos, para comentar y disfrutar de ellos. Mil gracias, ahora a seguir con estas personas que, sin proponérselo, nos hacen la vida mejor.
Campirela_
Pinchar en la imagen os llevará a la convocatoria del jueves. Gracias.
Objetos con memoria
Dicen que los objetos no sienten, pero… ¿Y si alguno recordara lo que ha visto, lo que ha guardado o lo que ha perdido?
Puede ser:
– un objeto cotidiano o extraño
– antiguo o moderno,
—Querido u olvidado,
—Que recuerde por nosotros…
El relato puede estar narrado:
Como siempre, libertad total de tono: poético, reflexivo, tierno, irónico, inquietante o realista mágico
El pañuelo llevaba años doblado en el fondo de un cajón, entre cartas viejas y botones que ya no recordaban de qué abrigo venían. Era un pañuelo corriente, blanco, con un borde azul que el tiempo había ido deshilando. Nadie lo miraba desde que su dueño se marchó sin despedirse.
Una mañana, mientras la casa aún estaba medio dormida, el pañuelo se infló suavemente, como si respirara. No era un viento ni un movimiento del cajón, era un suspiro. Un suspiro pequeño, casi tímido, pero lleno de algo que parecía… nostalgia.
La mujer que vivía allí abrió el cajón buscando otra cosa y lo vio moverse. No se asustó. Había aprendido que algunas cosas, cuando guardan demasiados recuerdos, necesitan un poco de aire.
Lo tomó entre las manos. El pañuelo estaba tibio, como si hubiera estado al sol. Y entonces ocurrió, un olor leve, casi imperceptible, subió hasta ella. No era perfume. Era algo más sencillo, el olor de una tarde antigua, de una risa que ya no escuchaba, de un abrazo que había intentado olvidar.
El pañuelo no habló, pero tampoco hizo falta. En su respiración lenta, la mujer sintió que algo dentro de ella se acomodaba, como si un nudo se deshiciera sin prisa.
La mujer cerró los ojos y, por un instante, sintió que él estaba allí, no como un fantasma triste, sino como una presencia cálida, sencilla, cotidiana. Como si el pañuelo hubiera conservado, entre sus hilos, la parte más alegre de su recuerdo.
Cuando abrió los ojos, sonrió. No una sonrisa grande, sino esa sonrisa pequeña que nace cuando algo dentro se acomoda. Dobló el pañuelo con cuidado y lo dejó sobre la mesilla, donde pudiera verlo cada día.
No para llorar.
Para recordar que hubo momentos hermosos.
Y que algunos objetos, cuando aman mucho, saben guardarlos intactos.
Campirela_
Este segundo jueves del mes de febrero es todo amor, pues nuestra anfitriona Tracy nos convoca para hablar de él en toda su dimensión, ya sea poética, narrativa o como los juglares; quién sabe, en sus fábulas había mucho de este...
Bueno, como no podía ser de otro modo, nos ha dejado un juego que consiste en que, conforme hemos ido llegando a sus comentarios, nos ha asignado una frase de amor por algún autor o anónimo, como ha sido en mi caso. Aquí os la dejo; con ella intentaré hacer un relato de amor...
Mi frase 4. Somos una casualidad llena de intención (Anónimo).
La primera carta llegó por error. O eso decía el sobre, con un nombre que no era el mío y una caligrafía tan elegante que parecía sacada de otro siglo. Dudé entre devolverla o tirarla, pero algo en mí —quizá la soledad, quizá la curiosidad— decidió abrirla.
Dentro encontré palabras que no iban dirigidas a mí, pero que me atravesaron como si lo estuvieran. Hablaban de días lentos, de silencios que pesan, de la belleza de lo cotidiano cuando se mira con atención. Era una carta escrita por alguien que había vivido mucho y aun así seguía esperando algo.
Respondí casi sin pensarlo. No para corregir el error, sino para agradecer la compañía inesperada. Y así empezó todo, con una equivocación postal que se convirtió en un puente entre dos vidas que no se conocían, pero que parecían reconocerse.
Las cartas fueron creciendo, igual que la confianza. Él escribía desde un lugar que no nombraba, con una voz madura, serena, llena de humor suave. Yo respondía desde mi rincón del mundo, sintiendo que cada sobre que llegaba era una ventana abierta.
Con el tiempo, nuestras palabras se volvieron confesiones, recuerdos, heridas antiguas que ya no dolían tanto al compartirlas. Un día, en una de sus cartas, escribió: “Somos una casualidad llena de intención.” Y supe que tenía razón. El azar nos había cruzado, pero éramos nosotros quienes elegíamos quedarnos.
Nunca nos vimos. No porque no quisiéramos, sino porque entendimos que lo nuestro vivía en un lugar distinto, más delicado. Un amor sin edad, sin prisa, sin cuerpo. Un amor que se sostenía en tinta y papel.
Un día, simplemente, dejaron de llegar sus cartas. No hubo despedida. No hizo falta. Guardé todas en un cofre de madera, y desde entonces llevo la llave colgada al cuello. Él, en su silencio, y yo, en el mío, sabemos que lo que existió entre nosotros fue real. Un amor diferente, discreto, que nunca se consumó… porque no lo necesitaba para ser verdad.
Campirela_