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SUGERENCIA NO OBLIGATORIA: NARRAR EN PRIMERA PERSONA
La mansión del ajuste
La mansión del capo no era una casa, era una trampa con lámparas de cristal. Yo entré porque me llamaron, no porque quisiera. Los hombres como yo no pisan mármol; pisamos barro, callejón, barrio hondo. Pero esa noche el hampa decidió que yo tenía que estar allí.
El capo había reunido a tres traficantes. Tres hombres que le debían más de lo que podían pagar. Tres sombras que temblaban aunque fingieran que no.
Yo era el cuarto. El que nadie conocía. El que se había criado en los suburbios del barrio, entre humo, peleas y noches de desesfreno, jugando a partidas de poker sin limite de apostar.
El capo me miró desde su sillón, con ese gesto de quien ya ha decidido el destino de todos.
—Que pase Morales —dijo.
Me quedé helado.Ese apellido… Ese apellido solo lo sabía él. No era el que uso en la calle. No era el que aparece en mis chapas falsas, ni mis tarjetas de crédito. Era el otro. El que está escrito en un papel viejo que encontré una vez y que quemé para no volver a verlo.
Los otros traficantes se giraron hacia mí. El silencio se volvió un cuchillo.
El capo levantó su vaso de whisky.
-No pongas esa cara - murmuró-. Tu madre me pidió que no te metiera en esto. Pero las promesas… ya sabes cómo se rompen en esta ciudad.
Sentí que el suelo se movía bajo mis botas. No estaba allí para saldar cuentas ajenas. Estaba allí porque era su hijo. Su bastardo. Su secreto. Su error.
Y en esa mansión llena de armas, deudas y hombres que matan por menos, entendí que el mayor peligro no era el ajuste de cuentas. Era mi sangre.
Vi bajar por las escaleras a una mujer con una mirada de hielo; me miró fijamente y con su voz metálica solo pronunció: "Ven, sígueme".