Este segundo jueves del mes de febrero es todo amor, pues nuestra anfitriona Tracy nos convoca para hablar de él en toda su dimensión, ya sea poética, narrativa o como los juglares; quién sabe, en sus fábulas había mucho de este...
Bueno, como no podía ser de otro modo, nos ha dejado un juego que consiste en que, conforme hemos ido llegando a sus comentarios, nos ha asignado una frase de amor por algún autor o anónimo, como ha sido en mi caso. Aquí os la dejo; con ella intentaré hacer un relato de amor...
Mi frase 4. Somos una casualidad llena de intención (Anónimo).
Cartas que no conocen el tiempo
La primera carta llegó por error. O eso decía el sobre, con un nombre que no era el mío y una caligrafía tan elegante que parecía sacada de otro siglo. Dudé entre devolverla o tirarla, pero algo en mí —quizá la soledad, quizá la curiosidad— decidió abrirla.
Dentro encontré palabras que no iban dirigidas a mí, pero que me atravesaron como si lo estuvieran. Hablaban de días lentos, de silencios que pesan, de la belleza de lo cotidiano cuando se mira con atención. Era una carta escrita por alguien que había vivido mucho y aun así seguía esperando algo.
Respondí casi sin pensarlo. No para corregir el error, sino para agradecer la compañía inesperada. Y así empezó todo, con una equivocación postal que se convirtió en un puente entre dos vidas que no se conocían, pero que parecían reconocerse.
Las cartas fueron creciendo, igual que la confianza. Él escribía desde un lugar que no nombraba, con una voz madura, serena, llena de humor suave. Yo respondía desde mi rincón del mundo, sintiendo que cada sobre que llegaba era una ventana abierta.
Con el tiempo, nuestras palabras se volvieron confesiones, recuerdos, heridas antiguas que ya no dolían tanto al compartirlas. Un día, en una de sus cartas, escribió: “Somos una casualidad llena de intención.” Y supe que tenía razón. El azar nos había cruzado, pero éramos nosotros quienes elegíamos quedarnos.
Nunca nos vimos. No porque no quisiéramos, sino porque entendimos que lo nuestro vivía en un lugar distinto, más delicado. Un amor sin edad, sin prisa, sin cuerpo. Un amor que se sostenía en tinta y papel.
Un día, simplemente, dejaron de llegar sus cartas. No hubo despedida. No hizo falta. Guardé todas en un cofre de madera, y desde entonces llevo la llave colgada al cuello. Él, en su silencio, y yo, en el mío, sabemos que lo que existió entre nosotros fue real. Un amor diferente, discreto, que nunca se consumó… porque no lo necesitaba para ser verdad.
Campirela_
