Un Libro Abierto

HiStOrIaS eNcAdEnAdAs

 La dinámica de este espacio consiste en la creación de relatos con la colaboración de distintos autores, encadenando los textos a través del apartado de comentarios.

La historia comenzará con un primer párrafo que publicaré como inicio de convocatoria, y, a partir de ahí, se irán enlazando las colaboraciones. Puede haber tantas como se desee, de un mismo autor, hasta que se conduzca el relato a una conclusión que lo dé por finalizado. Esta, de igual manera que las otras convocatorias, permanecerá vigente durante un mes, de ese modo, se dispondrá de más posibilidad de participación, y, por ende, de que haya un buen y entretenido desarrollo de la historia.

Estas puertas están abiertas para todo aquel que desee participar.
Qué decir que no sepamos ya:

Las letras son una maravillosa tentación...


Una Noche En El Museo

 Amelia no era una niña cualquiera; al menos eso le decía su madre cuando volvía de trabajar a altas horas de la noche y se la encontraba en el tejado junto a su gato, envuelta en una manta y mirando las estrellas como si pudiese, de un momento a otro, viajar hasta ellas.
  Vivía a tres manzanas de un pequeño museo donde trabajaba su tío Enrique, como guardia de seguridad. Esto le facilitaba las visitas fuera de horario; le encantaba sentarse a contemplar las miradas de aquellas mujeres que parecían hablarle a través de los cuadros.
  Aquel día, llegado el momento de cerrar, a su tío se le olvidó que Amelia deambulaba por los pasillos del museo, así que, como hacía habitualmente, conectó las alarmas y cerró todas las puertas. 

   De pronto Amelia despertó tras mirar absorta por largo tiempo la mirada hipnótica de aquella mujer en el cuadro. Esbozó una sonrisa y suspiró. Fue cuando notó que había demasiado silencio en el museo, miró a su alrededor y nada vio. "¿Tío?" se preguntó a sí misma...

   Amelia comenzó a sentir miedo, al darse cuenta de que todo estaba oscuro, las puertas cerradas, y ya no podía salir del museo, aquellas mujeres de los cuadros ahora le parecían monstruos que se reían de ella...

  Después de pasados unos segundos volvió a llamar a su tío pero este no contestó. De repente, oyó una dulce voz, Amelia giró todo su cuerpo pasa saber de dónde procedía, cuando estuvo frente al cuadro vio como aquella mujer la llamaba por su nombre. Su pequeño cuerpo quedó paralizado hasta que de nuevo...

   ... comenzó a gritar más fuerte... ¡¡Tío, tío, sácame de aquí!!
   Ahora los cuadros se movían solos, y Amelia empezó a llorar...

  Su llanto se oía en todas las salas del museo, con la desesperación que le infundía sentirse sola. 
   De repente al fondo de la sala se iluminó una zona, era como un rayo de luz que caía del techo, como si lo atravesase, la niña dejó sus lágrimas y miró hacia él, fue entonces cuando vio aquella figura blanca envuelta en su luz descender.
 
   Dejó el llanto y empezó a sentir tranquilidad, comprendió que esa luz no era una amenaza para ella, a la aparición le siguió una voz que la sumergió en un estado catatónico. Absorta escuchaba con atención todo cuanto le decía. ¿Sabes lo que significa Alma?... Amelia, asintió sin mediar palabra...
  —Yo soy el Alma de este museo y muy pocos son los elegidos que pueden verme. ¿Te apetece oír mi historia?

    Amelia, sin apenas moverse se le oyó decir un sí, leve.
   La luz se volvió más tenue y con una voz melodiosa la invitó a sentarse en el suelo, pues la historia era larga y tal vez se cansaría de pie.
   La pequeña obedeció, pues el miedo se evapora, todo él se transforma en una gran ilusión.
   —Comencemos pequeña Amelia, el alma es invisible, solo los privilegiados pueden verla, como te ha pasado a ti y ahora me preguntarás y ¿por qué yo?...

   —La respuesta es simple, aunque no lo creas, tu alma es pura, posees el brillo de quienes aún creen en lo mágico, lo demuestras siempre que vienes a este museo con la inquietud de descubrir cosas nuevas. Es por ello que quiero hacerte un regalo único.
   Los ojos de Amelia se abrieron aún más y lo que antes era miedo, ahora era curiosidad por saber de qué regalo se trataba.

   Una música celestial irrumpió en el museo a la vez que se abría el techo de aquél lugar dando paso a un oscuro firmamento plagado de estrellas de todos los tamaños y colores que brillaban al compás de la melodía.
   Amelia se quedó absorta observando ese baile de estrellas.

   La pequeña no sabía a cuál mirar, todas brillaban, pareciera que cada una de ellas la saludaran con su luz brillante, en menos de un minuto formaron su bello nombre en el firmamento, relucía más que la luz sol.
    En ese instante la voz dulce y melodiosa volvió a llamarla por su nombre, ya no tenía miedo, sus ojos brillaban pero de felicidad.
  Amelia era una niña muy obediente y bien educada, con timidez logró pronunciar:
   —Muchas gracias señora, ¿podría decirme el nombre de alguna de las estrellas que forman mi nombre?
   —Si observas y te fijas bien verás un puntito muy reluciente, esa estrella es Sirio, otra Canopo y aquella que ves más alejada se llama Arturo.
   Durante un buen rato aquella voz cada vez más familiar le estuvo contando historias sobre las estrellas que nos cuidaban desde el firmamento.

 Entre palabras dulces, Amelia se fue quedando dormida, aquella luz resplandeciente puso su manto azul que cubrió a la pequeña para que no tuviera frío y cuidara de sus sueños.
   Estos fueron sueños de aventuras donde cada cuadro del museo le contaba una historia diferente, viajó al desierto, allí vio por primera vez un camello, después se fue a las montañas, la nieve cubría todo el paisaje y un gran trineo la llevaba hacia un castillo arriba de la montaña. Al abrirse las puertas estaba su mamá esperándola con un buen desayuno calientito, fue cuando iba a coger su taza de chocolate cuando alguien la llamó...  
  —Amelia, Amelia, despierta hija, vaya susto que nos has dado, toda la noche hemos estado buscándote y tú aquí durmiendo plácidamente y nosotros preocupados.
  La niña estaba desconcertada, pues solo se acordaba que en un momento de despiste se había quedado encerrada en el museo y que una voz le había preguntado qué era el Alma.

  Aquella noche subió al tejado con su gato y una libreta. Escribió en grande y en mayúsculas su nombre: AMELIA. Miró a las estrellas como tantas veces había hecho:
   —¿Cuál es Sirio? —preguntó el gato con la voz del Alma del museo.
  —¿Desde cuándo hablas, Ziel? —preguntó sorprendida la niña al gato. Poco a poco volvían a su mente los recuerdos de la noche anterior.
  —No soy Ziel. Ya sabes quién soy. Aquí, fuera del museo, mi magia es más limitada, pero ayer lo pasé tan bien contigo que hoy me aburría y he venido a verte. Venga, que te ayudo un poco... Sirio es el punto de encima de la "i"

  —La “i” —rumió buscando la estrella pero no era como en el cielo del museo. Aquí, el cielo nocturno estaba repleto de puntos. Miro a Ziel y percibió en él la mueca de una sonrisa. No se había fijado hasta entonces pero el nombre de su gato era casi cielo—. Eres tan negro, tan oscuro, que tienes el mismo color de la noche. Y tus ojos, son enormes y brillan tanto como brillaba Sirio en el museo. —Guardó unos segundos de silencio. Respiró hondo y volvió a fijar su mirada en el cielo, tratando de vislumbrar, entre todas las estrellas, la intensidad de Sirio— ¿Sigue ahí, señora?
  —Aquí estoy. Extiende tus brazos hacia el frente, a la altura de tus ojos… y mira a través de tus manos… —Amelia así hizo y como si fuera magia. Tal vez fuera magia. O destino. O realidad infinita. El cielo se disipó de estrellas quedando solo una que tintineaba irradiando un maravilloso reflejo—. Ahora, cierra los ojos y piensa en algo bonito, algo que te haga muy feliz y siente cómo late tu alma, cómo suspira…, cómo te habla…

   Amelia hizo lo que se le indicaba. Al cabo de unos segundos, se apoderó de ella una inconmensurable calma. Se sintió flotar, ligera. Se vio a sí misma en el tejado, y a Ziel observando el infinito. Las estrellas chisporroteaban a su alrededor. Miró sus manos, sin abrir los ojos. Emitían una maravillosa luz azulada. Miró sus pies. Estaban iluminados. Todo su ser era un resplandeciente haz de luz azul.

    —¿Por qué soy azul?
   —Es el color de tu alma, Amelia. Tu alma tiene el color de la eternidad, de la fe, del amor… Ahora eres universo.

   Amelia se dejó llevar por sus sueños y junto a Ziel apoyado en su regazo, viajaron entre las estrellas girando en bucles a veces, otras en línea recta, pero siempre fundiendo su luz con el brillo de ellas.
   Las estrellas rieron estrepitosamente disfrutando de la inesperada visita. Amelia sintió que en su pecho no cabía más amor y en sus retinas tanto esplendor.


*




Simone

 Simone se quedó atónita cuando, al volver al camerino tras olvidar su chal, escuchó tras la puerta a Philipe, su representante, cómo le decía a alguien:
   —Ella no tiene ni la más mínima sospecha. Todo indicará que ha sido un accidente; y entonces, tú, ocuparás su lugar… Su actuación de mañana, será la última; ya está todo preparado. Ese escenario pondrá fin a la vida de Simone...

   A Simone se le cayó el chal de las manos, que resbaló sedosamente, acariciando su tobillo izquierdo. Notó la prenda fría, sinuosa, traicionera.... Y sintió su propia sangre desplomarse, tras oír aquellas palabras brutales, también hacia su tobillo izquierdo. Se desvaneció. Y golpeó fuertemente el suelo con su cuerpo. Entonces, desde el otro lado se abrió la puerta… Philipe, un hombre alto, de espalda masiva y mirada rígida y turbia como la de un clavo oxidado, entró, descubriendo el cuerpo blanquísimo tendido en el suelo, con un punto de sangre en la frente. Tras él acudía, sorprendida, una mujer pelirroja de finísima cintura y gruesos labios entreabiertos, que parecían anhelar impacientes todas las gotas melosas del éxito de Simone. La chica despertó de pronto, viendo en lo alto los dos rostros expectantes, mirándola, como deformes buitres famélicos.

  En ese mismo instante la cámara entró en el camerino dando un grito atroz, al ver a la señorita Simone en el suelo con un hilo de sangre cayendo sobre su frente.
 Su representante se hizo cargo de la situación, no le quedaba más remedio, había un testigo y debía comportarse como un caballero aunque en el fondo deseaba todo lo contrario.
  —Llame rápido al doctor —le gritó este a la cámara.
  —Sí señor.
  Mientras, Simone volvía en sí, su cabeza le estallaba y no recordaba nada de lo que había pasado, solo que se mareó al escuchar algo que oyó tras la puerta.
  La Pelirroja mientras tanto, fumaba alejada posada en la ventana, sus ojos estaban llenos de ira...

  Y viendo como su plan se había ido al traste pensó que para la próxima vez pondría más empeño y no le encargaría el asunto a ningún principiante. Esta vez, Simone, había tenido mucha suerte, la siguiente vez, la suerte le sonreiría a ella. Le dio la última calada a su cigarrillo y sin apagar la colilla la lanzó tan lejos como pudo haciendo ese juego de dedos que una vez alguien le enseñó, y viendo cómo se alejaba la diminuta chispa en la noche empezó a recordar cómo empezó y se fraguó todo.

  Podría haberlo hecho ella misma en más de una oportunidad. Pero no tenía sentido ser descubierta, para convertirse en la estrella de una cárcel de mujeres. Además, condenada por asesinar a una actriz amada por el público.
 Como tampoco tenía sentido convertirse en la próxima candidata a ser reemplazada por alguna otra.
  Debía ser astuta, tanto para continuar siendo la favorita, como para ser impune.
  ¿Y qué tal un accidente en el escenario? Ese podría ser un plan magistral.

  Y aquella noche, entre la soledad y la desolación, Simone encontró por fin la salida que había estado buscando.
  Estaba en el apogeo de su carrera, y sabía que de ahí en adelante todo sería mucho más difícil.
  El destino le daba una última oportunidad, y ella la tomaría.

  Aquella conversación tan dura que escuchó Simone la hizo reflexionar, y decidió tomar un nuevo rumbo en su vida, alejarse del éxito para encontrarse a sí misma, necesitaba intimidad, volcarse en ella, abandonar los escenarios, y dejar de lado la fama.
 
  Por lo que aquella noche, Simone, preparó las maletas, para emprender al día siguiente el vuelo sin saber su destino, tan solo deseaba perderse en alguna parte donde nadie la conociera para emprender la ruta hacia la felicidad.

  No sería fácil. La decisión le parecía más amarga de lo que había supuesto.
 
  Y así fue como la pelirroja se convirtió en la protagonista de la obra. Y hay que reconocer que se notó su talento, que le puso arte a su personaje.
  Pero los aplausos fueron menos de lo que esperaba.
  Al espiar conversaciones de espectadores, en el bar cercano al teatro, supo que la consideraban una suplente. Muy talentosa, pero sin el carisma, el encanto de Simone.
  —No puede ser que se haya ido la rubia —decía una espectadora, casi llorando.
 —Habrá que conformarse —le contestó su pareja— Piensa que surgirá el misterio de Simone, algo digno de una estrella.

  Al escuchar dichas conversaciones, la pelirroja se entristeció y pensó: ¡No puede ser! Parece que a los espectadores no les entusiasmo tanto como lo hacía Simone, debo superarme, tengo que conseguir atraer y cautivar al público. Han de caer en mis redes, intentaré seducirlos con mis encantos de tigresa. Y empezó a tramar un plan para su actuación del día siguiente...

  Al descubrir que todo su plan para destituir a Simone, había fracasado pues cada vez que se inclinaba a recibir los aplausos de la obra, el público solía gritar enfurecido:
  —¡Queremos a la auténtica Simone!
  Llevando a Simone a un punto de endiosamiento imposible para ninguna actriz actual. El caché de Simone se había multiplicado exponencialmente de tal forma que no había teatro en el mundo capaz de reunir una suma lo suficientemente elevada para contratarla.
  Ahí surgió la idea de teñir a la pelirroja y someterla a una complicada operación de cirugía estética...

  Y mientras tanto Simone, perdido por completo el rumbo, ve desmoronarse su vida entera. Embotada de alcohol se debate en la encrucijada que, según cree, marcará su destino para siempre: dedicarse en cuerpo y alma a misionar en África, o convertirse en la mejor imitadora de Elvis de la historia en Las Vegas...

  —No te veo imitando al Rey —le contestó su interlocutor.
  Simone le dedicó una mirada a quien le había rescatado, luego de un desmayo en la calle. Era un cinéfilo que la había recibido en su casa, poblada de colecciones de afiches. Incluso había estatuillas de actrices, de mujeres fatales y reinas del grito. Y por supuesto, de Simone.
  —Aunque lo de la imitación podría ser —continuó diciendo— Podrías vestirte y cantar como esas cantantes popo, tan de moda.
  —Hace tanto que no canto.
 —Pero puedes hacerlo bien. Y tienes más carisma que más de una. No sabes cómo te extraña tu público.
  —¿No sería peligroso el volver?
  —Muy peligroso. Creo que deberías usar un pseudónimo. Creo que puedo ayudarte con eso.

  El cinéfilo le quitó la botella de la mano, a Simone.
  —Y para empezar, vas alejarte de esto.
 
 Mientras tanto, la pelirroja se rehusó a que le tocaran la cara. Con energía. Había visto demasiadas colegas con la cara inexpresiva. Y estaba segura de ser más bella que Simone. Aunque una peluca y maquillaje era algo aceptable.

  Simone que había emprendido el rumbo para encontrar la felicidad, lo que se encontró a lo largo del camino fue un mundo equivocado, envuelto en vicio, drogas, sexo y alcohol. Apartada de la fama, pero aún el público extrañándola. En cambio, ha preferido estar sola. Alejada del mundo. Y enviciada en las drogas.
 
  Y mientras, al otro lado del planeta, la pelirroja frustrada queriéndola imitar. Porque en el escenario seguían extrañando el encanto y la belleza de Simone, la Diosa, inimitable. Única.

  Por razones distintas, dos hombres estaban preocupados.
 
  El cinéfilo estaba desesperado por la faceta descontrolada de Simone. Le parecía bien que le dedicara gran parte al sexo, pero lo alarmaban sus compañías, que la llevaban a destruirse.
 
 Y el representante estaba furioso, su amante se estaba rebelando. Había demostrado tener una vocación artística, que chocaba contra las pretensiones comerciales del representante. Y la pelirroja era tan astuta como una mujer fatal, no se dejaba manipular.
  —No sirvo para reemplazar a tu ex —le repitió una y otra vez— Quiero el papel de la mala, para lucirme.

  Mientras el tiempo pasaba y ninguna de las dos mujeres eran felices, cada una iba a la deriva si alguien no ponía remedio.
 El representante de la pelirroja estaba harto de sus exigencias, pero estaba dispuesto a dar un giro a su carrera, buscaría un papel donde el personaje fuera de mujer malvada, tal vez así lograría tener éxito sin imitar a nadie.
  Mientras Simone, en una noche loca de sexo, tuvo una flamante idea, por qué no convertir lo que hacía gratis en un gran negocio. Llamó a su amigo cinéfilo y le comunicó que quería experimentar en el cine porno, al fin y al cabo ella sabía sobreactuar. Necesitaba dinero, era una buena forma de conseguirlo rápidamente sin perder su dignidad.

   Al cinéfilo no le desagradó la idea de Simone, podría decirse que la aprobó
  —Soy cinéfilo, en más de un sentido. Nunca me he atrevido a contarte las fantasías que he tenido con algunas famosas.
   —Muy atrevidas, por lo que leí.
   —¡Simone!, es mi diario personal.
   —Que dejaste abandonado y con las páginas abiertas.
  Son una clase de ficción, llamada fanfiction, famosas atrapadas por algunos fans, que no aceptan un no como respuesta. O famosas despechadas que se entregan a fans, que tienen sueños eróticos con ellas.
   —Muy fantasiosas.
   —No creas, fui el fanático que tuvo un par de esos encuentros.
   Hubo un intercambio de miradas. Y entonces, Simone cambió de tema.
   —¿Y qué te parece mi idea?
   El cinéfilo vio como la oportunidad se escapaba. Y era la vez que había llegado más lejos. Pero decidió no insistir. Su fantasía era que Simone tomara la iniciativa.
  —Podría funcionar, con directores que sepan dónde poner la cámara, con formación técnica, con buenos guiones. Algo como lo que hacen en esa serie con dragones, en que actrices porno actúan algunas escenas.
Pausa.
   —¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar, Simone?
Simone sonrió maliciosamente. Apenas estaba vestida, luego de una loca noche de sexo.
  —Ya veo. Pero el tema es desnudarse ante cámaras.
  —Lo hice alguna vez en una obra.
 —Pero fue entre sombras. Y me refiero a desnudarte ante un equipo de filmación, muy de cerca. ¿Tendrías sexo con otras actrices? Eso despierta morbo. Y la serie esa tiene varias escenas así. ¿Harías escenas violentas?
   —Podría intentarlo.
  —También queda el tema de darte una apariencia. Otro corte de pelo, alguna peluca. Y un pseudónimo provocativo, escandaloso.

   Por lo que no se lo pensó dos veces, y cuando leyó el guión le entusiasmó a Simone y aceptó hacer una película de cine D/s en la que haría de lesbiana, estaba dispuesta a trabajar en algo nuevo. Sería una experiencia única. Y ¿por qué desperdiciar la novedad cuando a ella la gustaba el morbo?

  Mientras tanto, Catherine Rouge, la actriz pelirroja demostró su talento, interpretando a villanas, a mujeres fatales. Y asombrada, descubrió que tenía verdadera vocación por el teatro, que no sólo deseaba ser la estrella.
   La reacción del público fue ambigua, odiaban a sus personajes, al mismo tiempo que estaban fascinados.
    En un diálogo con su pareja, la fan de Simone resumió el sentir del público.
   —La odio pero al mismo tiempo, la amo. Nunca será como Simone, pero es una estrella.
   Catherine sintió que estaba logrando lo que ambicionaba.
 
  En maneras inesperadas, las dos actrices antagónicas estaban en estado de satisfacción. Estaban tentadas de decir que eran felices.
  ¿Era una situación definitiva? Es difícil saberlo.
   Tal vez era un final. O sólo un momento clave en la historia.












Dulce(Mente)


 Aquel día le pudo más la curiosidad, que esa costumbre aprendida desde niña de tener cautela a la hora de tratar con extraños, y, sobre todo, de no entrar nunca en la boca del lobo; así es como definían las gentes del pueblo a aquel misterioso muchacho del que apenas se sabía nada: un auténtico depredador…
   Josefine solía tener una gran intuición, y, a pesar de sus veintidós años, ya había experimentado que, esta, no solía equivocarse. Esta vez, algo le decía que en el interior de aquella enorme casa en lo alto de la montaña, encontraría los motivos de esos juicios que creía equivocados, además de descubrir el porqué de esa extraña atracción que sentía hacia él…
 
  Cada vez que lo veía no podía evitar estudiarlo con la mirada, y cuando él fijaba la suya en ella, prontamente trataba de disimular para no ser descubierta. Aunque tal vez, ya era demasiado tarde...

  Porque el efecto hipnótico ya estaba instalándose en ella. Su parte racional le avisaba de los peligros y esta misma luchaba insistentemente con su otra parte, esa que empujaba a sus pies hasta situarse frente a la puerta de aquella casa y a su dedo índice a pulsar el timbre. El sonido la despertó de su ensimismamiento, miró a su alrededor sin recordar cómo había llegado hasta allí...
 
  ... Hasta aquella alcoba con las paredes pintadas de color rojo carmesí, donde había una cama alborotada, y dentro estaba ella, con los pies enredados entre las sábanas arrugadas, y los pelos alborotados, mirándole fijamente a él, que estaba dormido roncando plácidamente...
 
   No sabía cómo había llegado hasta allí, pero no la importaba porque se sentía feliz y dichosa abrazando dulcemente la felicidad...

   Contempló su pausada respiración, de niño abandonado al placer. Miraba esa suavidad de su piel, confiada, expuesta dulcemente, que horas antes había acariciado con lento éxtasis.
  Estaba tan eufórica, tan pletórica de nuevas ilusiones, que abrazó la gran almohada con todas sus fuerzas, reprimiendo sus deseos de abrazarlo a él, para no despertarlo. Entonces, bajo esa misma almohada notó algo frío, como un brusco pinchazo doloroso. Sacó la mano. Le sangraba. Cayeron lunares rojos por las sábanas. El cuchillo resplandecía bajo el almohadón como una escolopendra bajo una piedra.

  Ver tanta sangre en su mano le hizo sobresaltarse y al mismo tiempo abrió los ojos. Exhaló aliviada y mirando su mano por ambos lados, luego la almohada y finalmente a él a su lado aún dormido. Solo había sido una pesadilla, tal vez los comentarios oídos durante tanto tiempo ahora le jugaban una mala pasada.
 
  No quiso despertarlo aún, lo contempló como quien contempla lo más deseado. Tras recuperar la calma se levantó. Fue hacia el baño y se observó en el espejo mientras se peinaba su largo cabello, hasta que notó algo en su cuello...

  ... Eran los dientes clavados como cuchillos afilados en su cuello, sintiendo un profundo dolor, tocándose el cuello manchándose las manos de sangre.
 
   Su visión comenzó a enturbiarse. Sus ojos envueltos en neblina pudieron ver desde el espejo que, tras ella, había un vampiro con una capa negra enseñando sus dientes afilados ensangrentados.
 
   No podía mirar para atrás. Tenía mucho miedo y ya no le quedaban fuerzas. Tan solo quería gritar pero su voz se había enmudecido.
 
   Sentía que su cuerpo iba a desfallecer de un momento a otro hasta que...
 
   ¡¡¡Plof!!! se desplomó en el suelo...
 
   El vampiro arrastró su cuerpo para sacarlo de allí, con la intención de meterlo en el maletero del coche, para tirarlo por el río...

   En el mismo instante que el vampiro iba a recoger a la dulce Josefine del suelo, esta abrió sus ojos color miel y una sonrisa salió de su boca.
   La idea de arrojarla al río se desvaneció en ese momento, algo había ocurrido al ver sus pupilas brillar, hacía siglos que él no sentía nada parecido hacia una humana.
  La cogió en sus brazos y la llevó a la cama, la tendió y arropó, cuando ella iba a decir algo, él la hizo un gesto con su mano indicando que no hablara que estaba cansada y debía dormir un rato.
  Cayó en un sueño profundo, así durante más de tres horas, cuando despertó no oyó ruido alguno, el silencio era absoluto si no fuera por un sonido melancólico que venía de alguna habitación de la parte inferior de la casa. Se levantó, se arregló su larga melena y bajó las escaleras. Al fondo estaba ese hombre enigmático tocando el piano, a su lado un pequeño gato hacía las delicias de una bella estampa.

   Se acercó a él y le rodeó por el cuello, la melodía seguía sonando según nacía de sus dedos sobre las teclas. El gato que parecía entender todo, los dejó, fue cuando él dejó de tocar el piano y se giró hacia ella para mirarla a los ojos, puso sus manos en su cintura y le dijo: "Has sido muy valiente en llegar hasta aquí e ignorar los rumores de la gente, pero bien sabes de que ya no podrás irte de mi lado".
 
   Ella le sonrío y luego dijo: "Es que ya no quiero irme de tu lado" Justo al terminar la frase lo besó profundamente dejando caer su camisón, él la levantó en sus brazos y la recostó sobre el piano. Besó su piel cada vez más pálida e hincó sus colmillos haciéndola estremecer. Josefine arqueó su cuerpo al sentirlo, completamente subyugada se dejó en sus manos, para darle su cuerpo y alma.

   El tiempo pasó y la felicidad era absoluta, a veces a Josefine le invadía un halo de melancolía, él era consciente de que algo pasaba, pero no lograba ver en su interior qué era, tenía sus miedos, tal vez ella se había cansado de él y de su vida en esa inmensa casa alejada de todo ser viviente.
  Una noche tumbados sobre cojines al lado de la chimenea la rodeó con sus fuertes brazos y susurrándole al oído…
   —¿Qué te ocurre mi amor?, ¿añoras tu vida anterior? Tal vez desees marcharte de mi lado.
   Ella le cogió la cara con sus delicadas manos y le sonrió, y mirándole a esos ojos penetrantes le dijo:
   —Jamás he sido tan feliz, te amo y mi vida está aquí contigo.
  —Entonces, ¿qué te pasa?, te veo extraña y no llego a entrar en tu mente, es como que hay algo que me lo impide.
   Josefine cogió sus manos y se las llevó a su vientre...
   —¡No, sí! es un milagro, pero aquí está el resultado de nuestras noches de amor y pasión.

   Llevaba días sintiéndose vulnerable, soñaba conversaciones escuchadas en el pueblo sobre la casa y su morador, sueños que la despertaban angustiada y sudorosa. No le dijo nada a él, seguro que se debía a su estado de buena esperanza, como le escuchaba decir a los mayores.
   Aquella noche estaba sola, él tenía que ausentarse hasta el día siguiente, la llenó de besos y caricias y se sintió la mujer más feliz del mundo. Era tarde, muy tarde. Alguien tocó insistentemente a la puerta, extrañada bajó las escaleras del primer piso y preguntó:
   —¿Quién es? —Nadie contestó…
   Al otro lado de la puerta alguien respiraba agitadamente.
   —¿Quién está ahí? —Esta vez su voz tembló.
   Por un momento pensó que algo le podía pasar a su amor y abrió la puerta de golpe, no había nadie, sólo una ráfaga de viento entró en la estancia gélida como el hielo, se le descompuso la cara y sus ojos se llenaron de terror, sintió cómo una mano fuerte la asió por la garganta apretando hasta quedar sin respiración.
   Empezó a no sentir las piernas y su cuerpo se volvió pesado hasta caer de bruces al suelo. Antes de perder la consciencia recordó unas palabras de boca de él… nunca hay que abrir la puerta en noches de tinieblas.

   Al despertar estaba en la cama, se sintió algo mareada y al tratar de recordar qué le había sucedido solo visualizó un rostro borroso que se diluía cuando ella se desmayaba. Todo estaba en silencio en la casa, un silencio inquietante. Fue cuando escuchó el carruaje aproximarse, se levantó y se acercó a la ventana...

   Vio los imponentes corceles negros que tiraban del carruaje, y al misterioso cochero del cual apenas podía vislumbrar su rostro. En ese momento se abrió la puerta y descendió Él, con su sombrero alto y la capa negra que lo cubría. Levantó la mira y le sonrió levemente a Josefine, ella le hizo un gesto con la mano al mismo tiempo que sentía latir su corazón más apresurado, como si algún tipo de conexión los uniera más.
 
    Se sentó en la cama a esperar que subiera...

   Una vez que subió la larga escalinata, este estaba cansado y dolorido por el largo viaje en barco, puesto que se pasó el mayor tiempo del día recluido en su prisión que era su ataúd.
   Y de noche, al amparo de la noche y la luna llena, salía y se alimentaba de algún tipo de animal, ya fuese una cabra o una gallina.
    Él la miró y le dijo:
    —¡Cariño, me temo que esta noche, no habrá arrumacos! Así que apaga la luz y vamos a dormir.

   Sin embargo Josefine ya sabía que un vampiro no duerme por la noche, así es que no creyó en esa excusa, por otra parte, ella misma ya sentía el ansia por sentir sangre cálida corriendo por sus venas. Casi podía olerla a kilómetros.
 
   Entre pesadillas se despertó a media noche y vio que Vlad no yacía en la cama como suponía. Recordó las historias que se contaban en el pueblo acerca de aquel ser que por las noches se dejaba ver en los aposentos de mujeres. Por lo que supuso que él había vuelto a la cacería.
 
   Casi sin fuerzas se arregló su vaporosa cabellera, se cubrió con una capa oscura y decidió salir de la casa por vez primera desde que había llegado...

   Deseó no sentirse tan débil, claro que alimentar a un vampiro, entregar sangre, tenía sus consecuencias, como esa languidez que sentía.
  Sabía que él necesitaba de la sangre, que era la vida en su no muerte, que seguramente preferiría alimentarse de mujeres, preferentemente bellas.
    Se las imaginó flotando en el río, dentro de una maleta.
    Tal vez debería detenerlo, evitar ese acto tan drástico.
 
   Aunque deseó no haber escuchado esas historias, sobre ese vampiro legendario y sus tres amantes. ¿Cómo sería compartirlo con otras dos mujeres?

   La sola idea de verle yacer con dos mujeres más, la martirizaba, ella esperaba un hijo de él, su amor era eterno pero sus celos la mantenían viva y expectante, ella sabía que él la amaba, pero tenía que preguntarle por qué yacía con otras mujeres.
   Esa noche en silencio de las calles desiertas caminaba sin rumbo fijo, sentía dentro de ella a su bebé, se agitaba, era como un mal presagio, no debió haber salido. Al cruzare con la taberna del pueblo oyó algarabía de risas de hombres y mujeres, parecían borrachos y demasiado alegres.
   Aceleró el paso pero fue inútil, cuando se quiso dar cuenta alguien por detrás la tapó la boca y con una fuerza letal la metió en un carruaje en marcha. Cuando despertó estaba en una celda, su cuerpo posaba en un camastro mugriento y solo había una ventana, esta con barrotes.
  Vlad, antes de que amaneciera, regresó al lado de su amada, pero ella no estaba, su mente se perdía entre laberintos para poder visualizarla, algo estaba ocurriendo, apenas tenía conexión con Josefine.

  Vlad sintió una presencia, que reconoció inmediatamente. Se dio vuelta con furia, atrapando a una bella vampira.
  —¡Carmilla! ¿Qué hiciste, maldita?
  Sí, la misma vampira que seducía a jóvenes mujeres, con la promesa de compartir una eternidad, con una oscura pero intensa pasión.
 —Tranquilo, impetuoso Vlad. Yo no le hice nada a tu Josefine. Vi que la raptaron.
 —¿Por qué no lo impediste?
 —No soy la misma desde esa historia en Estiria. No me atrevo con los cazadores de... de lo que somos. Pero los seguí.
  —Vas a guiarme.
 —Puede ser una trampa para cazarte. ¿No preferirías buscar unas damiselas conmigo?
  Vlad la miró con furia.
  —¿Qué se hizo del vampiro que arrojaba cuerpos al río?

  —¿Qué pretendes, atormentarme? Ella es mi eternidad, la necesito, tú no puedes entender el amor que siento por ella, va más allá del deseo y el placer, necesito tenerla conmigo.
  Carmilla lo miró con esos ojos sangrientos y por primera vez en su existencia sintió envidia del sentimiento que ella era incapaz de sentir.
  —Dejemos de divagar, pon tu mente a trabajar y entre los dos visualicemos dónde puede estar Josefine, aunque sea una trampa. Para poder casarme debo ir a su recate, ella está esperando un hijo y esas bestias son capaces de cualquier cosa.
  Entre las tinieblas ambos sincronizados olieron que los cazadores se encontraban cerca, había un refugio donde los de su clase se mantenían a salvo de sus enemigos.
  Vlad volvió a sentir una inquietud, de pronto olió el aroma de su amada, era elixir para él, bajó del carruaje, estaba seguro que ella no estaba lejos, oía el tic tac de dos corazones.

  La Muerta Enamorada, curioso nombre que tenía el lugar entre los hijos de la noche.
  —Una vez creí sentir lo mismo por una mujer —dijo Carmilla— Pero conocían demasiado mi fama. Y ya te conté lo que pasó.
  —Fuiste muy descuidada.
  —Eso es lo que nos hace el amor. ¿Por qué les gusta tanto a los humanos?

  —El amor es como la sangre para los humanos, no pueden vivir sin probar de su sabor. Y Josefine me ha dado de probar de ese sabor que ya creía olvidado, no puedo renunciar a la oscuridad, pero tampoco renunciaré a quien me hace sentir vivo otra vez.
 
  Fue cuando Vlad se esfumó ante los ojos de Carmilla y esta se dio cuenta de que aún latía vida en ellos, aunque no fuese como la de los humanos.

  Carmilla farfulló algo, giró sobre sí misma y, como un rumo, se coló entre las sombras. «Los vampiros no tienen alma», se decía constantemente, «solo entendemos de satisfacernos de carne y placer». Ella iría en busca de alguna damisela a la que cortejar y a la que chupar la sangre mientras dejaba que Vlad se enfrentara a los cazadores y a ese nuevo instinto que había nacido en él.
 
  Dos corazones tenían la culpa y un alma, la suya, que había empezado a susurrarle los secretos de la vida, esa otra vida que no pendía de la oscuridad sino que tenía nombre de mujer y que había atrapado la suya con una fuerza que no lograba comprender pero que le hacía convertirse ahora en un salvaje, sin medida, sin contemplaciones...
  Los cazadores cayeron uno a uno. No perdió tiempo en morderles, en extraerles la sangre. Un silbido de espada y las cabezas rodaban por el suelo dejando un reguero de sangre.
   Encontró a Josefine.
  Estaba pálida y con un halo de vida. «Salvajes...», gritó, tomándola en brazos. Se mordió la muñeca, ahí donde más latía la sangre, y dejó discurrir un pequeño hilo entre los labios de su amada...

  Cuando el calor del líquido rojo llegó a sus labios abrió los ojos y una lágrima salió de ellos.
  Vlad, la cogió entre sus brazos y con el último esfuerzo que le quedaba logró llegar a su morada, la dejó en la cama cubriendo(la) con la colcha para que entrara en calor. Él con toda su furia en sus ojos dio un grito gutural, llamó a Carmilla y esta se hizo presente al instante.
  —Escúchame bien lo que tengo que decirte, tengo salir a por comida, estoy agotado y tengo que alimentarme para poder afrontar lo que nos espera, será una guerra a muerte con esos salvajes, solo te pido una cosa, que te quedes al cuidado de Josefine, no la dejes sola, ella de momento la alimenté pero cuando despierte estará hambrienta...

   Mientras en otra parte de la ciudad, la masacre de cazadores produjo produzco un revuelo en ciertos círculos.
   —Ya dije que no debíamos enfurecer a ese vampiro. Y no me escucharon.
   —Las decisiones las tomo yo —dijo el que tenía más autoridad—. Y por creerte un Van Hellsing, se produjo esta catastrofe.
   —Bien, perdimos a los más débiles. Un gran contratiempo. Pero medimos la fuerza de un enemigo. Y sabemos que tiene una debilidad.
 
  Josefine despertó, creyó que todo había sido una pesadilla, que nunca había salido de casa. O que Vlad la había traído de regreso.
   Pero se sentía más débil que antes, lo que le molestaba. Y vio a esa mujer, que indudablemente era una vampira.
   —¿Vlad sigue con lo de tener tres novias para él? ¿Te trajo y fue a buscar a la tercera?
  —Tranquila, Josephine. Soy una amiga, si es que nuestra gente conoce la amistad. Estaría más interesada en tu persona, pero no me atrevería a meterme con su amada.
   Josephine suspiró.
   —Y tu nombre es...
   —Carmila.
   —¿Carmila? ¿Cómo la historia de Sheridan Le Fanu?
   La vampira contuvo su mal humor.
   —Un gran escritor que no contó toda la verdad. Estoy acá para protegerte. Y para alimentarte si hace falta.








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