Un Libro Abierto

HiStOrIaS eNcAdEnAdAs

 La dinámica de este espacio consiste en la creación de relatos con la colaboración de distintos autores, encadenando los textos a través del apartado de comentarios.

La historia comenzará con un primer párrafo que publicaré como inicio de convocatoria, y, a partir de ahí, se irán enlazando las colaboraciones. Puede haber tantas como se desee, de un mismo autor, hasta que se conduzca el relato a una conclusión que lo dé por finalizado. Esta, de igual manera que las otras convocatorias, permanecerá vigente durante un mes, de ese modo, se dispondrá de más posibilidad de participación, y, por ende, de que haya un buen y entretenido desarrollo de la historia.

Estas puertas están abiertas para todo aquel que desee participar.
Qué decir que no sepamos ya:

Las letras son una maravillosa tentación...


Máscaras


El disparo sonó de manera distinta y estrepitosa. El suelo del escenario comenzó a teñirse de rojo intenso, y las miradas de los actores se cruzaban atónitas, unas con otras...
   El público se quedó expectante. Dudaba entre si aquello era parte de la obra, o si, realmente, esa bala había dado muerte a la muchacha que yacía inerte.   
  Las puertas del teatro fueron clausuradas de inmediato. Nadie podría salir ni entrar, hasta ser interrogados.

   El pánico se apoderó de muchos que se abalanzaron sobre las puertas queriendo salir de cualquier modo, más de alguno quedó atrapado bajo el gentío que desesperado gritaba. El director de la obra pedía calma sin lograr atraer la atención, pronto llegó la policía logrando calmar en algo la situación. Había que encontrar el origen del disparo, el jefe de la policía ordenó cercar el lugar y levantar las pruebas...

   Policías femeninas tuvieron que intervenir en una pelea entre dos actrices. La famosa actriz de telenovelas, contratada por su fama más que por su talento, y la Reina del Grito, estrella clase B.
  —¡Es tu culpa! —decía la actriz de telenovelas, golpeando nuevamente a la rubia— ¿Por qué no fuiste la víctima?
  Inesperadamente, la rubia se defendió, no muy bien pero logrando sorprender a su rival.
  —¡¿Por qué decís esto?! —contestó, elevando el tono— Es una maldición ser lo que soy. Todos quieren hacerme daño. Nadie sabe lo que se siente.
  —¡Y te pagan por eso!
  Tapándose los oídos las mujeres policía separaron a las actrices.

  Mientras, entre bambalinas un hombre corpulento se despojaba de sus ropas y su máscara.
  Metió todo en una bolsa de plástico negro, lo ató y lo dejo a su lado, allí detrás del biombo tenía su ropa.
 Fue vistiéndose poco a poco mientras su cabeza daba vueltas de todo lo acontecido, veía como sacaba su revólver y apuntaba hacia ella, fijó bien la puntería, no quería que hubiera más muertos, solo ella.
  Dos toques en la puerta le alejaron de sus pensamientos.
  —Un momento por favor.
  Recogió la bolsa y la guardó donde no fuera vista, la metió en el baúl del vestuario entremezclada con todos los accesorios.
  —Sí, ¿qué sucede, a qué esas prisas?
  Señor, tiene que venir, la policía pregunta por usted.
  —¡La policía! ¿Ya han vuelto a pelearse el elenco de actores entre ellos?
  —No Señor, ¿acaso no ha oído el disparo?
  —¿Qué disparo?, aquí abajo en el sótano no se oye absolutamente nada, y llevo aquí metido más de una hora.
  —Siento ser portador de muy malas noticias, he de comunicarle que han matado a la Señorita Clara, la segunda actriz de reparto.

  Como buen actor, miles de veces, habría ensayado las diferentes caras de las emociones ante el espejo. Este era el momento de hacer su mejor actuación sin maquillaje ni máscara, solo él y su capacidad de disuasión para rebajar cualquier sospecha. La relación que mantenía con la Señorita Clara traspasaba los umbrales del simple compañeros de reparto. Nadie debía saber ese dato. Con su mejor humor interpretó un papel que, a su parecer era digno de un Óscar. Con cara de circunstancias siguió al hombre hasta la presencia de aquellos policías. Compungido y muy afectado se ofreció a ayudar o responder en todo aquello que precisaran. Mientras tanto, saboreaba un regusto a éxito por tal interpretación.

  ¿Señor Smith?, lo saludó el jefe de la policía al tiempo que le daba la mano. El mismo que viste y calza, exclamó el actor y agregó, a su disposición. Parecía ser un hombre tranquilo pero lleno de ciertos rasgos curiosos ante la vista de los demás, muchos pensaban que llevaba el arte de actuar muy en serio en su vida.
 
  Supongo que ya sabe lo que ha acontecido, dijo Baker, el Jefe de la policía, conocido por su sagacidad y por haber resuelto casos aparentemente imposibles. Me lo han dicho, dijo Smith, pero no he oído el disparo ni estaba en el lugar al momento de la tragedia.
 
  Un tic nervioso de Smith llamó la atención de sus interrogadores, cada tanto levantaba su ceja izquierda...

   A lo que puso en alerta al señor Smith, cuando de pronto Baker le pregunto ¿Y cómo sabe usted que ha habido un disparo, si según usted no estaba en ese momento? ¿Puede usted decirme dónde se encontraba?
  Este no supo que contestar de momento, se sacó un pañuelo de su chaqueta, para secarse el sudor, cuando Baker, le dijo si se encontraba bien.
  A lo que dijo, que estaba un poco indispuesto porque la cena que encargó no le sentó bien. Entonces no me puede usted decir dónde se encontraba en el momento del disparo, y con cara de vergüenza le dijo que estaba en el WC porque tenía colitis.

  —Tengo pastillas de carbón en el camerino. Pero no funcionan como deberían. En la farmacia de enfrente al teatro me han dicho que podrían ser nervios.
   —¿Algún disgusto personal, señor Smith?
 —Profesional, señor investigador —contestó sacando otro pañuelo— Tengo mala suerte con los elencos. Fui contratado para ser el villano de turno que acechaba a la pobre chica. Y resultó que la actriz rubia desapareció misteriosamente.
   —¿Se refiere a Simone?
  —Sí, fue reemplazada por Catherine Rouge. Gran actriz pero no le salía lo de damsel in distress. Y quiso hacer de villana. Y así es como quedé sin papel.
   —¿Le guarda rencor?
   —Ninguno. Me lo compensó de una manera especial. No sé si me entiende.
   Hubo sonrisas maliciosas entre los policías, incluso Baker tuvo que disimular una sonrisa maliciosa. También hubo algo de envidia, para el actor que intimó con tan bella y deseable mujer.
   —Y me recomendó para este elenco —continuó diciendo el actor.
   —No parece un motivo para disgustos.
  —Se complicó con Regina, esta chica rubia que contrataron para hacer de víctima.
   —¿Gritan mucho? Yo veo sus películas y tengo que bajar el volumen.
   —No es eso. Me preocupan sus fans. ¿Quién sabe qué son capaces de hacer por ella?
   Baker lo miró fijo al actor.
   —¿Son capaces de matar?

   De matar no sé, pero que son un tanto misteriosas sí, una vez les oí hablar de sesiones espiritistas y ya saben lo que suele pasar en esos eventos.
   Pues la verdad señor Smith, no estoy muy puesto en esoterismo.
   No debería contar que hace un mes aproximadamente llegó a la compañía un detective llamado Ulises preguntando por Regina, ese día ella no se presentó al ensayo lo cual nadie se dio cuenta hasta que el tal Ulises la mencionó.
   —A ver, aquí estoy viendo que hay muchos secretos entre los actores y muchos misterios que resolver.
   ¿Podría decirme como es ese detective? no me suena de las comisarías cercanas.
    —No señor Baker, este detective no vive ni trabaja en esta zona de la ciudad, eso era lo más extraño, él no dijo de dónde venía, pero su aspecto era sospechoso.
    En ese momento llamaron al jefe de policía, que el juez había terminado su trabajo y que el cadáver se lo llevaba al anatómico forense.
    —Señor Smith, solo una pregunta más.
   Usted ha dicho que no se encontraba en el lugar del crimen, que estaba indispuesto, ¿no tendrá por casualidad el tique de la farmacia?
   —No, ya le dije que me dijeron que lo más probable es que fueran nervios así pues no me dieron nada.
    —Pero tiene una cuartada, el farmacéutico o la dependienta que lo atendiera a usted.
    Este se puso pálido, no supo qué decir.

    No había previsto esa pregunta. Pero no podía quedarse callado.
   —No sé... si me registraron. Fue un día en que había mucha gente, reclamando atención. Y encima, en lugar de atender, estaban discutiendo sobre cuál era la mejor Reina del Grito. Fans de Regina contra… fans de Evelyn Ankers. No sé cómo conseguí que me atendieran.
 
   Y entre ese nerviosismo asomaba otra vez el tic nervioso en la ceja de Smith. Fue cuando Baker decidió dejar a Smith bajo custodia mientras se investigaba el caso. Entonces fue a examinar el cuerpo que yacía ya en el forense.
 
   ¿Qué tenemos Doc?, preguntó Baker al forense. Hay algo extraño en la herida que ha dejado la bala con relación a la posición en que cayó el cuerpo. ¿A qué se refiere Doc? Me refiero a que el disparo debió haber sido hecho desde una distancia apreciable y el asesino no fue del todo certero como pretendía ya que al parecer, la bala se desvío de su destino original antes de impactar a la víctima.
 
    Dicha revelación puso en alerta a Baker que comenzó a atar cabos.
 
    Luego de hablar con el forense, Baker se encontró con las policías femeninas. Habló con dos de ellas.
   —Necesito que verifiquen la coartada de Smith, vayan a la farmacia de enfrente, como clientes. No quiero que sepan que son policías.
    —¿Por qué tiene que ser así? —preguntó una de las dos.
  —Por experiencia, más se puede obtener siendo un cliente curioso que un policía.
    —¿Podemos comprar alguna crema, maquillaje?
    —Es una buena idea. Y pregunten precios.
   Baker tuvo que autorizar gastos. Las dos mujeres les recordaban lo que habían tenido que invertir, trabajando como señuelo.
 
    Baker se quedó mirándolas, partiendo hacia la farmacia.
    —Estas chicas son muy hábiles —pensó— Smith, te conviene haber dicho la verdad.
 
   Las dos policías que había mandado Beker a averiguar lo que pasó, le contaron el revuelo que se formó con los fans de una y de la otra, lo que sí juraron y perjuraron es que el señor Smith, no estuvo en la farmacia, ya que las cámaras de seguridad de la farmacia, estaban programadas para grabar 24 horas de día.
 
  Sin embargo Smith no mentía, había estado en la farmacia, pero no en aquella que era la más concurrida. Smith era cliente habitual de una droguería clandestina que le abastecía de calmantes para controlar sus temblores durante las actuaciones. Dependía de ellos y aquella noche del crimen los había olvidado.
 
   En vista de que se quedaba sin respuestas, al final le contó al detective Beker, que hacía mucho que tomaba esos calmantes, estos calmaban sus temblores, pero lo hacían dependientes de ellos, era un drogodependiente, y esa fatídica noche no pudo más, sacó su pistola y le disparó rebotando en una de las poleas que subía los telones del teatro cuando oyó el griterío de los que habían allí al ver el cuerpo en el suelo lleno de sangre.

 —Señor Smith, debo decirle, con toda calma, que se ha convertido en sospechoso. Un sospechoso que ha planeado mal sus coartadas. Al menos debió tener la precaución de haber pasado por la farmacia de enfrente y hacerse notar.
   —Pero soy demasiado nervioso para apuntar bien. Y sin herir a alguien más.
   —Es un buen argumento, pero usted me ha mentido. Y podría estar exagerando su torpeza. Y tal vez usted haya intentado disparar a alguien más, como a esa rubia, Regina Clámor. Ya podríamos tener un registro especial para ella, todos sus intentos contra su vida.
   —¿Y ahora?
   —Debo pedir una orden judicial para arrestarlo, tengo buenos argumentos para eso. No sería más que un arresto domiciliario. Así que puede irse, por ahora.
   Cabizbajo, el actor se retiró.
 
   Un momento después, Baker comentó con su equipo.
   —Noten que sabía de esas pasiones, por las Scream Queen, en esa farmacia. Sospecho que alguien lo ayudó.
   Y necesito que alguien esté cerca del actor. Podría no ser el asesino, sino la próxima víctima.

   Smith sabía que aquella libertad aún pendía de un hilo, todo se desmoronaba, más ahora que se sabría vigilado, no obstante intentó regresar a la escena del crimen para borrar los rastros que pudiera haber dejado esa noche fatídica. Esperó a que el teatro cerrara e ingresó por una puerta trasera. Fue directamente al camerino y recogió la bolsa negra con la ropa que había ocultado y la máscara, además de por supuesto el arma homicida dentro de ella.
 
   Se disponía a salir, pero su compulsión por los calmantes volvió a traicionarlo, trató de tomar una pastilla cuando se le cayó de las manos, se agachó y al incorporarse vio en frente de él al Jefe de policía Baker.
 
  —Buenas noches Señor Smith —este no dejaba de temblar— creo que ha cometido un error, retornar a la escena del crimen.
    —Yo, yo… —balbuceaba Smith sin poder articular palabra al verse atrapado.
   —Revisen la bolsa, —exclamó Baker— ¡vaya!, ¿qué hace una pistola en esta bolsa? —¡Lo hice!, ¡¡lo admito!! —gritó Smith desesperado y confesó, —la amaba, pero en mis ataques pierdo la razón y confundo la realidad con la actuación, no quería hacerlo, lo juro. Necesito mis pastillas por favor.
  —Esta vez no podemos dejarlo ir Señor Smith, lléveselo y enciérrenlo, —ordenó Baker.
 
   La locura había consumido a Smith y en sus delirios mató a su amada durante la función. Creo que el caso está resuelto se dijo así mismo Baker mientras encendía su pipa.



**PROYECTO CERRADO**







Una Noche En El Museo

 Amelia no era una niña cualquiera; al menos eso le decía su madre cuando volvía de trabajar a altas horas de la noche y se la encontraba en el tejado junto a su gato, envuelta en una manta y mirando las estrellas como si pudiese, de un momento a otro, viajar hasta ellas.
  Vivía a tres manzanas de un pequeño museo donde trabajaba su tío Enrique, como guardia de seguridad. Esto le facilitaba las visitas fuera de horario; le encantaba sentarse a contemplar las miradas de aquellas mujeres que parecían hablarle a través de los cuadros.
  Aquel día, llegado el momento de cerrar, a su tío se le olvidó que Amelia deambulaba por los pasillos del museo, así que, como hacía habitualmente, conectó las alarmas y cerró todas las puertas. 

   De pronto Amelia despertó tras mirar absorta por largo tiempo la mirada hipnótica de aquella mujer en el cuadro. Esbozó una sonrisa y suspiró. Fue cuando notó que había demasiado silencio en el museo, miró a su alrededor y nada vio. "¿Tío?" se preguntó a sí misma...

   Amelia comenzó a sentir miedo, al darse cuenta de que todo estaba oscuro, las puertas cerradas, y ya no podía salir del museo, aquellas mujeres de los cuadros ahora le parecían monstruos que se reían de ella...

  Después de pasados unos segundos volvió a llamar a su tío pero este no contestó. De repente, oyó una dulce voz, Amelia giró todo su cuerpo pasa saber de dónde procedía, cuando estuvo frente al cuadro vio como aquella mujer la llamaba por su nombre. Su pequeño cuerpo quedó paralizado hasta que de nuevo...

   ... comenzó a gritar más fuerte... ¡¡Tío, tío, sácame de aquí!!
   Ahora los cuadros se movían solos, y Amelia empezó a llorar...

  Su llanto se oía en todas las salas del museo, con la desesperación que le infundía sentirse sola. 
   De repente al fondo de la sala se iluminó una zona, era como un rayo de luz que caía del techo, como si lo atravesase, la niña dejó sus lágrimas y miró hacia él, fue entonces cuando vio aquella figura blanca envuelta en su luz descender.
 
   Dejó el llanto y empezó a sentir tranquilidad, comprendió que esa luz no era una amenaza para ella, a la aparición le siguió una voz que la sumergió en un estado catatónico. Absorta escuchaba con atención todo cuanto le decía. ¿Sabes lo que significa Alma?... Amelia, asintió sin mediar palabra...
  —Yo soy el Alma de este museo y muy pocos son los elegidos que pueden verme. ¿Te apetece oír mi historia?

    Amelia, sin apenas moverse se le oyó decir un sí, leve.
   La luz se volvió más tenue y con una voz melodiosa la invitó a sentarse en el suelo, pues la historia era larga y tal vez se cansaría de pie.
   La pequeña obedeció, pues el miedo se evapora, todo él se transforma en una gran ilusión.
   —Comencemos pequeña Amelia, el alma es invisible, solo los privilegiados pueden verla, como te ha pasado a ti y ahora me preguntarás y ¿por qué yo?...

   —La respuesta es simple, aunque no lo creas, tu alma es pura, posees el brillo de quienes aún creen en lo mágico, lo demuestras siempre que vienes a este museo con la inquietud de descubrir cosas nuevas. Es por ello que quiero hacerte un regalo único.
   Los ojos de Amelia se abrieron aún más y lo que antes era miedo, ahora era curiosidad por saber de qué regalo se trataba.

   Una música celestial irrumpió en el museo a la vez que se abría el techo de aquél lugar dando paso a un oscuro firmamento plagado de estrellas de todos los tamaños y colores que brillaban al compás de la melodía.
   Amelia se quedó absorta observando ese baile de estrellas.

   La pequeña no sabía a cuál mirar, todas brillaban, pareciera que cada una de ellas la saludaran con su luz brillante, en menos de un minuto formaron su bello nombre en el firmamento, relucía más que la luz sol.
    En ese instante la voz dulce y melodiosa volvió a llamarla por su nombre, ya no tenía miedo, sus ojos brillaban pero de felicidad.
  Amelia era una niña muy obediente y bien educada, con timidez logró pronunciar:
   —Muchas gracias señora, ¿podría decirme el nombre de alguna de las estrellas que forman mi nombre?
   —Si observas y te fijas bien verás un puntito muy reluciente, esa estrella es Sirio, otra Canopo y aquella que ves más alejada se llama Arturo.
   Durante un buen rato aquella voz cada vez más familiar le estuvo contando historias sobre las estrellas que nos cuidaban desde el firmamento.

 Entre palabras dulces, Amelia se fue quedando dormida, aquella luz resplandeciente puso su manto azul que cubrió a la pequeña para que no tuviera frío y cuidara de sus sueños.
   Estos fueron sueños de aventuras donde cada cuadro del museo le contaba una historia diferente, viajó al desierto, allí vio por primera vez un camello, después se fue a las montañas, la nieve cubría todo el paisaje y un gran trineo la llevaba hacia un castillo arriba de la montaña. Al abrirse las puertas estaba su mamá esperándola con un buen desayuno calientito, fue cuando iba a coger su taza de chocolate cuando alguien la llamó...  
  —Amelia, Amelia, despierta hija, vaya susto que nos has dado, toda la noche hemos estado buscándote y tú aquí durmiendo plácidamente y nosotros preocupados.
  La niña estaba desconcertada, pues solo se acordaba que en un momento de despiste se había quedado encerrada en el museo y que una voz le había preguntado qué era el Alma.

  Aquella noche subió al tejado con su gato y una libreta. Escribió en grande y en mayúsculas su nombre: AMELIA. Miró a las estrellas como tantas veces había hecho:
   —¿Cuál es Sirio? —preguntó el gato con la voz del Alma del museo.
  —¿Desde cuándo hablas, Ziel? —preguntó sorprendida la niña al gato. Poco a poco volvían a su mente los recuerdos de la noche anterior.
  —No soy Ziel. Ya sabes quién soy. Aquí, fuera del museo, mi magia es más limitada, pero ayer lo pasé tan bien contigo que hoy me aburría y he venido a verte. Venga, que te ayudo un poco... Sirio es el punto de encima de la "i"

  —La “i” —rumió buscando la estrella pero no era como en el cielo del museo. Aquí, el cielo nocturno estaba repleto de puntos. Miro a Ziel y percibió en él la mueca de una sonrisa. No se había fijado hasta entonces pero el nombre de su gato era casi cielo—. Eres tan negro, tan oscuro, que tienes el mismo color de la noche. Y tus ojos, son enormes y brillan tanto como brillaba Sirio en el museo. —Guardó unos segundos de silencio. Respiró hondo y volvió a fijar su mirada en el cielo, tratando de vislumbrar, entre todas las estrellas, la intensidad de Sirio— ¿Sigue ahí, señora?
  —Aquí estoy. Extiende tus brazos hacia el frente, a la altura de tus ojos… y mira a través de tus manos… —Amelia así hizo y como si fuera magia. Tal vez fuera magia. O destino. O realidad infinita. El cielo se disipó de estrellas quedando solo una que tintineaba irradiando un maravilloso reflejo—. Ahora, cierra los ojos y piensa en algo bonito, algo que te haga muy feliz y siente cómo late tu alma, cómo suspira…, cómo te habla…

   Amelia hizo lo que se le indicaba. Al cabo de unos segundos, se apoderó de ella una inconmensurable calma. Se sintió flotar, ligera. Se vio a sí misma en el tejado, y a Ziel observando el infinito. Las estrellas chisporroteaban a su alrededor. Miró sus manos, sin abrir los ojos. Emitían una maravillosa luz azulada. Miró sus pies. Estaban iluminados. Todo su ser era un resplandeciente haz de luz azul.

    —¿Por qué soy azul?
   —Es el color de tu alma, Amelia. Tu alma tiene el color de la eternidad, de la fe, del amor… Ahora eres universo.

   Amelia se dejó llevar por sus sueños y junto a Ziel apoyado en su regazo, viajaron entre las estrellas girando en bucles a veces, otras en línea recta, pero siempre fundiendo su luz con el brillo de ellas.
   Las estrellas rieron estrepitosamente disfrutando de la inesperada visita. Amelia sintió que en su pecho no cabía más amor y en sus retinas tanto esplendor.


*




Simone

 Simone se quedó atónita cuando, al volver al camerino tras olvidar su chal, escuchó tras la puerta a Philipe, su representante, cómo le decía a alguien:
   —Ella no tiene ni la más mínima sospecha. Todo indicará que ha sido un accidente; y entonces, tú, ocuparás su lugar… Su actuación de mañana, será la última; ya está todo preparado. Ese escenario pondrá fin a la vida de Simone...

   A Simone se le cayó el chal de las manos, que resbaló sedosamente, acariciando su tobillo izquierdo. Notó la prenda fría, sinuosa, traicionera.... Y sintió su propia sangre desplomarse, tras oír aquellas palabras brutales, también hacia su tobillo izquierdo. Se desvaneció. Y golpeó fuertemente el suelo con su cuerpo. Entonces, desde el otro lado se abrió la puerta… Philipe, un hombre alto, de espalda masiva y mirada rígida y turbia como la de un clavo oxidado, entró, descubriendo el cuerpo blanquísimo tendido en el suelo, con un punto de sangre en la frente. Tras él acudía, sorprendida, una mujer pelirroja de finísima cintura y gruesos labios entreabiertos, que parecían anhelar impacientes todas las gotas melosas del éxito de Simone. La chica despertó de pronto, viendo en lo alto los dos rostros expectantes, mirándola, como deformes buitres famélicos.

  En ese mismo instante la cámara entró en el camerino dando un grito atroz, al ver a la señorita Simone en el suelo con un hilo de sangre cayendo sobre su frente.
 Su representante se hizo cargo de la situación, no le quedaba más remedio, había un testigo y debía comportarse como un caballero aunque en el fondo deseaba todo lo contrario.
  —Llame rápido al doctor —le gritó este a la cámara.
  —Sí señor.
  Mientras, Simone volvía en sí, su cabeza le estallaba y no recordaba nada de lo que había pasado, solo que se mareó al escuchar algo que oyó tras la puerta.
  La Pelirroja mientras tanto, fumaba alejada posada en la ventana, sus ojos estaban llenos de ira...

  Y viendo como su plan se había ido al traste pensó que para la próxima vez pondría más empeño y no le encargaría el asunto a ningún principiante. Esta vez, Simone, había tenido mucha suerte, la siguiente vez, la suerte le sonreiría a ella. Le dio la última calada a su cigarrillo y sin apagar la colilla la lanzó tan lejos como pudo haciendo ese juego de dedos que una vez alguien le enseñó, y viendo cómo se alejaba la diminuta chispa en la noche empezó a recordar cómo empezó y se fraguó todo.

  Podría haberlo hecho ella misma en más de una oportunidad. Pero no tenía sentido ser descubierta, para convertirse en la estrella de una cárcel de mujeres. Además, condenada por asesinar a una actriz amada por el público.
 Como tampoco tenía sentido convertirse en la próxima candidata a ser reemplazada por alguna otra.
  Debía ser astuta, tanto para continuar siendo la favorita, como para ser impune.
  ¿Y qué tal un accidente en el escenario? Ese podría ser un plan magistral.

  Y aquella noche, entre la soledad y la desolación, Simone encontró por fin la salida que había estado buscando.
  Estaba en el apogeo de su carrera, y sabía que de ahí en adelante todo sería mucho más difícil.
  El destino le daba una última oportunidad, y ella la tomaría.

  Aquella conversación tan dura que escuchó Simone la hizo reflexionar, y decidió tomar un nuevo rumbo en su vida, alejarse del éxito para encontrarse a sí misma, necesitaba intimidad, volcarse en ella, abandonar los escenarios, y dejar de lado la fama.
 
  Por lo que aquella noche, Simone, preparó las maletas, para emprender al día siguiente el vuelo sin saber su destino, tan solo deseaba perderse en alguna parte donde nadie la conociera para emprender la ruta hacia la felicidad.

  No sería fácil. La decisión le parecía más amarga de lo que había supuesto.
 
  Y así fue como la pelirroja se convirtió en la protagonista de la obra. Y hay que reconocer que se notó su talento, que le puso arte a su personaje.
  Pero los aplausos fueron menos de lo que esperaba.
  Al espiar conversaciones de espectadores, en el bar cercano al teatro, supo que la consideraban una suplente. Muy talentosa, pero sin el carisma, el encanto de Simone.
  —No puede ser que se haya ido la rubia —decía una espectadora, casi llorando.
 —Habrá que conformarse —le contestó su pareja— Piensa que surgirá el misterio de Simone, algo digno de una estrella.

  Al escuchar dichas conversaciones, la pelirroja se entristeció y pensó: ¡No puede ser! Parece que a los espectadores no les entusiasmo tanto como lo hacía Simone, debo superarme, tengo que conseguir atraer y cautivar al público. Han de caer en mis redes, intentaré seducirlos con mis encantos de tigresa. Y empezó a tramar un plan para su actuación del día siguiente...

  Al descubrir que todo su plan para destituir a Simone, había fracasado pues cada vez que se inclinaba a recibir los aplausos de la obra, el público solía gritar enfurecido:
  —¡Queremos a la auténtica Simone!
  Llevando a Simone a un punto de endiosamiento imposible para ninguna actriz actual. El caché de Simone se había multiplicado exponencialmente de tal forma que no había teatro en el mundo capaz de reunir una suma lo suficientemente elevada para contratarla.
  Ahí surgió la idea de teñir a la pelirroja y someterla a una complicada operación de cirugía estética...

  Y mientras tanto Simone, perdido por completo el rumbo, ve desmoronarse su vida entera. Embotada de alcohol se debate en la encrucijada que, según cree, marcará su destino para siempre: dedicarse en cuerpo y alma a misionar en África, o convertirse en la mejor imitadora de Elvis de la historia en Las Vegas...

  —No te veo imitando al Rey —le contestó su interlocutor.
  Simone le dedicó una mirada a quien le había rescatado, luego de un desmayo en la calle. Era un cinéfilo que la había recibido en su casa, poblada de colecciones de afiches. Incluso había estatuillas de actrices, de mujeres fatales y reinas del grito. Y por supuesto, de Simone.
  —Aunque lo de la imitación podría ser —continuó diciendo— Podrías vestirte y cantar como esas cantantes popo, tan de moda.
  —Hace tanto que no canto.
 —Pero puedes hacerlo bien. Y tienes más carisma que más de una. No sabes cómo te extraña tu público.
  —¿No sería peligroso el volver?
  —Muy peligroso. Creo que deberías usar un pseudónimo. Creo que puedo ayudarte con eso.

  El cinéfilo le quitó la botella de la mano, a Simone.
  —Y para empezar, vas alejarte de esto.
 
 Mientras tanto, la pelirroja se rehusó a que le tocaran la cara. Con energía. Había visto demasiadas colegas con la cara inexpresiva. Y estaba segura de ser más bella que Simone. Aunque una peluca y maquillaje era algo aceptable.

  Simone que había emprendido el rumbo para encontrar la felicidad, lo que se encontró a lo largo del camino fue un mundo equivocado, envuelto en vicio, drogas, sexo y alcohol. Apartada de la fama, pero aún el público extrañándola. En cambio, ha preferido estar sola. Alejada del mundo. Y enviciada en las drogas.
 
  Y mientras, al otro lado del planeta, la pelirroja frustrada queriéndola imitar. Porque en el escenario seguían extrañando el encanto y la belleza de Simone, la Diosa, inimitable. Única.

  Por razones distintas, dos hombres estaban preocupados.
 
  El cinéfilo estaba desesperado por la faceta descontrolada de Simone. Le parecía bien que le dedicara gran parte al sexo, pero lo alarmaban sus compañías, que la llevaban a destruirse.
 
 Y el representante estaba furioso, su amante se estaba rebelando. Había demostrado tener una vocación artística, que chocaba contra las pretensiones comerciales del representante. Y la pelirroja era tan astuta como una mujer fatal, no se dejaba manipular.
  —No sirvo para reemplazar a tu ex —le repitió una y otra vez— Quiero el papel de la mala, para lucirme.

  Mientras el tiempo pasaba y ninguna de las dos mujeres eran felices, cada una iba a la deriva si alguien no ponía remedio.
 El representante de la pelirroja estaba harto de sus exigencias, pero estaba dispuesto a dar un giro a su carrera, buscaría un papel donde el personaje fuera de mujer malvada, tal vez así lograría tener éxito sin imitar a nadie.
  Mientras Simone, en una noche loca de sexo, tuvo una flamante idea, por qué no convertir lo que hacía gratis en un gran negocio. Llamó a su amigo cinéfilo y le comunicó que quería experimentar en el cine porno, al fin y al cabo ella sabía sobreactuar. Necesitaba dinero, era una buena forma de conseguirlo rápidamente sin perder su dignidad.

   Al cinéfilo no le desagradó la idea de Simone, podría decirse que la aprobó
  —Soy cinéfilo, en más de un sentido. Nunca me he atrevido a contarte las fantasías que he tenido con algunas famosas.
   —Muy atrevidas, por lo que leí.
   —¡Simone!, es mi diario personal.
   —Que dejaste abandonado y con las páginas abiertas.
  Son una clase de ficción, llamada fanfiction, famosas atrapadas por algunos fans, que no aceptan un no como respuesta. O famosas despechadas que se entregan a fans, que tienen sueños eróticos con ellas.
   —Muy fantasiosas.
   —No creas, fui el fanático que tuvo un par de esos encuentros.
   Hubo un intercambio de miradas. Y entonces, Simone cambió de tema.
   —¿Y qué te parece mi idea?
   El cinéfilo vio como la oportunidad se escapaba. Y era la vez que había llegado más lejos. Pero decidió no insistir. Su fantasía era que Simone tomara la iniciativa.
  —Podría funcionar, con directores que sepan dónde poner la cámara, con formación técnica, con buenos guiones. Algo como lo que hacen en esa serie con dragones, en que actrices porno actúan algunas escenas.
Pausa.
   —¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar, Simone?
Simone sonrió maliciosamente. Apenas estaba vestida, luego de una loca noche de sexo.
  —Ya veo. Pero el tema es desnudarse ante cámaras.
  —Lo hice alguna vez en una obra.
 —Pero fue entre sombras. Y me refiero a desnudarte ante un equipo de filmación, muy de cerca. ¿Tendrías sexo con otras actrices? Eso despierta morbo. Y la serie esa tiene varias escenas así. ¿Harías escenas violentas?
   —Podría intentarlo.
  —También queda el tema de darte una apariencia. Otro corte de pelo, alguna peluca. Y un pseudónimo provocativo, escandaloso.

   Por lo que no se lo pensó dos veces, y cuando leyó el guión le entusiasmó a Simone y aceptó hacer una película de cine D/s en la que haría de lesbiana, estaba dispuesta a trabajar en algo nuevo. Sería una experiencia única. Y ¿por qué desperdiciar la novedad cuando a ella la gustaba el morbo?

  Mientras tanto, Catherine Rouge, la actriz pelirroja demostró su talento, interpretando a villanas, a mujeres fatales. Y asombrada, descubrió que tenía verdadera vocación por el teatro, que no sólo deseaba ser la estrella.
   La reacción del público fue ambigua, odiaban a sus personajes, al mismo tiempo que estaban fascinados.
    En un diálogo con su pareja, la fan de Simone resumió el sentir del público.
   —La odio pero al mismo tiempo, la amo. Nunca será como Simone, pero es una estrella.
   Catherine sintió que estaba logrando lo que ambicionaba.
 
  En maneras inesperadas, las dos actrices antagónicas estaban en estado de satisfacción. Estaban tentadas de decir que eran felices.
  ¿Era una situación definitiva? Es difícil saberlo.
   Tal vez era un final. O sólo un momento clave en la historia.












Dulce(Mente)


 Aquel día le pudo más la curiosidad, que esa costumbre aprendida desde niña de tener cautela a la hora de tratar con extraños, y, sobre todo, de no entrar nunca en la boca del lobo; así es como definían las gentes del pueblo a aquel misterioso muchacho del que apenas se sabía nada: un auténtico depredador…
   Josefine solía tener una gran intuición, y, a pesar de sus veintidós años, ya había experimentado que, esta, no solía equivocarse. Esta vez, algo le decía que en el interior de aquella enorme casa en lo alto de la montaña, encontraría los motivos de esos juicios que creía equivocados, además de descubrir el porqué de esa extraña atracción que sentía hacia él…
 
  Cada vez que lo veía no podía evitar estudiarlo con la mirada, y cuando él fijaba la suya en ella, prontamente trataba de disimular para no ser descubierta. Aunque tal vez, ya era demasiado tarde...

  Porque el efecto hipnótico ya estaba instalándose en ella. Su parte racional le avisaba de los peligros y esta misma luchaba insistentemente con su otra parte, esa que empujaba a sus pies hasta situarse frente a la puerta de aquella casa y a su dedo índice a pulsar el timbre. El sonido la despertó de su ensimismamiento, miró a su alrededor sin recordar cómo había llegado hasta allí...
 
  ... Hasta aquella alcoba con las paredes pintadas de color rojo carmesí, donde había una cama alborotada, y dentro estaba ella, con los pies enredados entre las sábanas arrugadas, y los pelos alborotados, mirándole fijamente a él, que estaba dormido roncando plácidamente...
 
   No sabía cómo había llegado hasta allí, pero no la importaba porque se sentía feliz y dichosa abrazando dulcemente la felicidad...

   Contempló su pausada respiración, de niño abandonado al placer. Miraba esa suavidad de su piel, confiada, expuesta dulcemente, que horas antes había acariciado con lento éxtasis.
  Estaba tan eufórica, tan pletórica de nuevas ilusiones, que abrazó la gran almohada con todas sus fuerzas, reprimiendo sus deseos de abrazarlo a él, para no despertarlo. Entonces, bajo esa misma almohada notó algo frío, como un brusco pinchazo doloroso. Sacó la mano. Le sangraba. Cayeron lunares rojos por las sábanas. El cuchillo resplandecía bajo el almohadón como una escolopendra bajo una piedra.

  Ver tanta sangre en su mano le hizo sobresaltarse y al mismo tiempo abrió los ojos. Exhaló aliviada y mirando su mano por ambos lados, luego la almohada y finalmente a él a su lado aún dormido. Solo había sido una pesadilla, tal vez los comentarios oídos durante tanto tiempo ahora le jugaban una mala pasada.
 
  No quiso despertarlo aún, lo contempló como quien contempla lo más deseado. Tras recuperar la calma se levantó. Fue hacia el baño y se observó en el espejo mientras se peinaba su largo cabello, hasta que notó algo en su cuello...

  ... Eran los dientes clavados como cuchillos afilados en su cuello, sintiendo un profundo dolor, tocándose el cuello manchándose las manos de sangre.
 
   Su visión comenzó a enturbiarse. Sus ojos envueltos en neblina pudieron ver desde el espejo que, tras ella, había un vampiro con una capa negra enseñando sus dientes afilados ensangrentados.
 
   No podía mirar para atrás. Tenía mucho miedo y ya no le quedaban fuerzas. Tan solo quería gritar pero su voz se había enmudecido.
 
   Sentía que su cuerpo iba a desfallecer de un momento a otro hasta que...
 
   ¡¡¡Plof!!! se desplomó en el suelo...
 
   El vampiro arrastró su cuerpo para sacarlo de allí, con la intención de meterlo en el maletero del coche, para tirarlo por el río...

   En el mismo instante que el vampiro iba a recoger a la dulce Josefine del suelo, esta abrió sus ojos color miel y una sonrisa salió de su boca.
   La idea de arrojarla al río se desvaneció en ese momento, algo había ocurrido al ver sus pupilas brillar, hacía siglos que él no sentía nada parecido hacia una humana.
  La cogió en sus brazos y la llevó a la cama, la tendió y arropó, cuando ella iba a decir algo, él la hizo un gesto con su mano indicando que no hablara que estaba cansada y debía dormir un rato.
  Cayó en un sueño profundo, así durante más de tres horas, cuando despertó no oyó ruido alguno, el silencio era absoluto si no fuera por un sonido melancólico que venía de alguna habitación de la parte inferior de la casa. Se levantó, se arregló su larga melena y bajó las escaleras. Al fondo estaba ese hombre enigmático tocando el piano, a su lado un pequeño gato hacía las delicias de una bella estampa.

   Se acercó a él y le rodeó por el cuello, la melodía seguía sonando según nacía de sus dedos sobre las teclas. El gato que parecía entender todo, los dejó, fue cuando él dejó de tocar el piano y se giró hacia ella para mirarla a los ojos, puso sus manos en su cintura y le dijo: "Has sido muy valiente en llegar hasta aquí e ignorar los rumores de la gente, pero bien sabes de que ya no podrás irte de mi lado".
 
   Ella le sonrío y luego dijo: "Es que ya no quiero irme de tu lado" Justo al terminar la frase lo besó profundamente dejando caer su camisón, él la levantó en sus brazos y la recostó sobre el piano. Besó su piel cada vez más pálida e hincó sus colmillos haciéndola estremecer. Josefine arqueó su cuerpo al sentirlo, completamente subyugada se dejó en sus manos, para darle su cuerpo y alma.

   El tiempo pasó y la felicidad era absoluta, a veces a Josefine le invadía un halo de melancolía, él era consciente de que algo pasaba, pero no lograba ver en su interior qué era, tenía sus miedos, tal vez ella se había cansado de él y de su vida en esa inmensa casa alejada de todo ser viviente.
  Una noche tumbados sobre cojines al lado de la chimenea la rodeó con sus fuertes brazos y susurrándole al oído…
   —¿Qué te ocurre mi amor?, ¿añoras tu vida anterior? Tal vez desees marcharte de mi lado.
   Ella le cogió la cara con sus delicadas manos y le sonrió, y mirándole a esos ojos penetrantes le dijo:
   —Jamás he sido tan feliz, te amo y mi vida está aquí contigo.
  —Entonces, ¿qué te pasa?, te veo extraña y no llego a entrar en tu mente, es como que hay algo que me lo impide.
   Josefine cogió sus manos y se las llevó a su vientre...
   —¡No, sí! es un milagro, pero aquí está el resultado de nuestras noches de amor y pasión.

   Llevaba días sintiéndose vulnerable, soñaba conversaciones escuchadas en el pueblo sobre la casa y su morador, sueños que la despertaban angustiada y sudorosa. No le dijo nada a él, seguro que se debía a su estado de buena esperanza, como le escuchaba decir a los mayores.
   Aquella noche estaba sola, él tenía que ausentarse hasta el día siguiente, la llenó de besos y caricias y se sintió la mujer más feliz del mundo. Era tarde, muy tarde. Alguien tocó insistentemente a la puerta, extrañada bajó las escaleras del primer piso y preguntó:
   —¿Quién es? —Nadie contestó…
   Al otro lado de la puerta alguien respiraba agitadamente.
   —¿Quién está ahí? —Esta vez su voz tembló.
   Por un momento pensó que algo le podía pasar a su amor y abrió la puerta de golpe, no había nadie, sólo una ráfaga de viento entró en la estancia gélida como el hielo, se le descompuso la cara y sus ojos se llenaron de terror, sintió cómo una mano fuerte la asió por la garganta apretando hasta quedar sin respiración.
   Empezó a no sentir las piernas y su cuerpo se volvió pesado hasta caer de bruces al suelo. Antes de perder la consciencia recordó unas palabras de boca de él… nunca hay que abrir la puerta en noches de tinieblas.

   Al despertar estaba en la cama, se sintió algo mareada y al tratar de recordar qué le había sucedido solo visualizó un rostro borroso que se diluía cuando ella se desmayaba. Todo estaba en silencio en la casa, un silencio inquietante. Fue cuando escuchó el carruaje aproximarse, se levantó y se acercó a la ventana...

   Vio los imponentes corceles negros que tiraban del carruaje, y al misterioso cochero del cual apenas podía vislumbrar su rostro. En ese momento se abrió la puerta y descendió Él, con su sombrero alto y la capa negra que lo cubría. Levantó la mira y le sonrió levemente a Josefine, ella le hizo un gesto con la mano al mismo tiempo que sentía latir su corazón más apresurado, como si algún tipo de conexión los uniera más.
 
    Se sentó en la cama a esperar que subiera...

   Una vez que subió la larga escalinata, este estaba cansado y dolorido por el largo viaje en barco, puesto que se pasó el mayor tiempo del día recluido en su prisión que era su ataúd.
   Y de noche, al amparo de la noche y la luna llena, salía y se alimentaba de algún tipo de animal, ya fuese una cabra o una gallina.
    Él la miró y le dijo:
    —¡Cariño, me temo que esta noche, no habrá arrumacos! Así que apaga la luz y vamos a dormir.

   Sin embargo Josefine ya sabía que un vampiro no duerme por la noche, así es que no creyó en esa excusa, por otra parte, ella misma ya sentía el ansia por sentir sangre cálida corriendo por sus venas. Casi podía olerla a kilómetros.
 
   Entre pesadillas se despertó a media noche y vio que Vlad no yacía en la cama como suponía. Recordó las historias que se contaban en el pueblo acerca de aquel ser que por las noches se dejaba ver en los aposentos de mujeres. Por lo que supuso que él había vuelto a la cacería.
 
   Casi sin fuerzas se arregló su vaporosa cabellera, se cubrió con una capa oscura y decidió salir de la casa por vez primera desde que había llegado...

   Deseó no sentirse tan débil, claro que alimentar a un vampiro, entregar sangre, tenía sus consecuencias, como esa languidez que sentía.
  Sabía que él necesitaba de la sangre, que era la vida en su no muerte, que seguramente preferiría alimentarse de mujeres, preferentemente bellas.
    Se las imaginó flotando en el río, dentro de una maleta.
    Tal vez debería detenerlo, evitar ese acto tan drástico.
 
   Aunque deseó no haber escuchado esas historias, sobre ese vampiro legendario y sus tres amantes. ¿Cómo sería compartirlo con otras dos mujeres?

   La sola idea de verle yacer con dos mujeres más, la martirizaba, ella esperaba un hijo de él, su amor era eterno pero sus celos la mantenían viva y expectante, ella sabía que él la amaba, pero tenía que preguntarle por qué yacía con otras mujeres.
   Esa noche en silencio de las calles desiertas caminaba sin rumbo fijo, sentía dentro de ella a su bebé, se agitaba, era como un mal presagio, no debió haber salido. Al cruzare con la taberna del pueblo oyó algarabía de risas de hombres y mujeres, parecían borrachos y demasiado alegres.
   Aceleró el paso pero fue inútil, cuando se quiso dar cuenta alguien por detrás la tapó la boca y con una fuerza letal la metió en un carruaje en marcha. Cuando despertó estaba en una celda, su cuerpo posaba en un camastro mugriento y solo había una ventana, esta con barrotes.
  Vlad, antes de que amaneciera, regresó al lado de su amada, pero ella no estaba, su mente se perdía entre laberintos para poder visualizarla, algo estaba ocurriendo, apenas tenía conexión con Josefine.

  Vlad sintió una presencia, que reconoció inmediatamente. Se dio vuelta con furia, atrapando a una bella vampira.
  —¡Carmilla! ¿Qué hiciste, maldita?
  Sí, la misma vampira que seducía a jóvenes mujeres, con la promesa de compartir una eternidad, con una oscura pero intensa pasión.
 —Tranquilo, impetuoso Vlad. Yo no le hice nada a tu Josefine. Vi que la raptaron.
 —¿Por qué no lo impediste?
 —No soy la misma desde esa historia en Estiria. No me atrevo con los cazadores de... de lo que somos. Pero los seguí.
  —Vas a guiarme.
 —Puede ser una trampa para cazarte. ¿No preferirías buscar unas damiselas conmigo?
  Vlad la miró con furia.
  —¿Qué se hizo del vampiro que arrojaba cuerpos al río?

  —¿Qué pretendes, atormentarme? Ella es mi eternidad, la necesito, tú no puedes entender el amor que siento por ella, va más allá del deseo y el placer, necesito tenerla conmigo.
  Carmilla lo miró con esos ojos sangrientos y por primera vez en su existencia sintió envidia del sentimiento que ella era incapaz de sentir.
  —Dejemos de divagar, pon tu mente a trabajar y entre los dos visualicemos dónde puede estar Josefine, aunque sea una trampa. Para poder casarme debo ir a su recate, ella está esperando un hijo y esas bestias son capaces de cualquier cosa.
  Entre las tinieblas ambos sincronizados olieron que los cazadores se encontraban cerca, había un refugio donde los de su clase se mantenían a salvo de sus enemigos.
  Vlad volvió a sentir una inquietud, de pronto olió el aroma de su amada, era elixir para él, bajó del carruaje, estaba seguro que ella no estaba lejos, oía el tic tac de dos corazones.

  La Muerta Enamorada, curioso nombre que tenía el lugar entre los hijos de la noche.
  —Una vez creí sentir lo mismo por una mujer —dijo Carmilla— Pero conocían demasiado mi fama. Y ya te conté lo que pasó.
  —Fuiste muy descuidada.
  —Eso es lo que nos hace el amor. ¿Por qué les gusta tanto a los humanos?

  —El amor es como la sangre para los humanos, no pueden vivir sin probar de su sabor. Y Josefine me ha dado de probar de ese sabor que ya creía olvidado, no puedo renunciar a la oscuridad, pero tampoco renunciaré a quien me hace sentir vivo otra vez.
 
  Fue cuando Vlad se esfumó ante los ojos de Carmilla y esta se dio cuenta de que aún latía vida en ellos, aunque no fuese como la de los humanos.

  Carmilla farfulló algo, giró sobre sí misma y, como un rumo, se coló entre las sombras. «Los vampiros no tienen alma», se decía constantemente, «solo entendemos de satisfacernos de carne y placer». Ella iría en busca de alguna damisela a la que cortejar y a la que chupar la sangre mientras dejaba que Vlad se enfrentara a los cazadores y a ese nuevo instinto que había nacido en él.
 
  Dos corazones tenían la culpa y un alma, la suya, que había empezado a susurrarle los secretos de la vida, esa otra vida que no pendía de la oscuridad sino que tenía nombre de mujer y que había atrapado la suya con una fuerza que no lograba comprender pero que le hacía convertirse ahora en un salvaje, sin medida, sin contemplaciones...
  Los cazadores cayeron uno a uno. No perdió tiempo en morderles, en extraerles la sangre. Un silbido de espada y las cabezas rodaban por el suelo dejando un reguero de sangre.
   Encontró a Josefine.
  Estaba pálida y con un halo de vida. «Salvajes...», gritó, tomándola en brazos. Se mordió la muñeca, ahí donde más latía la sangre, y dejó discurrir un pequeño hilo entre los labios de su amada...

  Cuando el calor del líquido rojo llegó a sus labios abrió los ojos y una lágrima salió de ellos.
  Vlad, la cogió entre sus brazos y con el último esfuerzo que le quedaba logró llegar a su morada, la dejó en la cama cubriendo(la) con la colcha para que entrara en calor. Él con toda su furia en sus ojos dio un grito gutural, llamó a Carmilla y esta se hizo presente al instante.
  —Escúchame bien lo que tengo que decirte, tengo salir a por comida, estoy agotado y tengo que alimentarme para poder afrontar lo que nos espera, será una guerra a muerte con esos salvajes, solo te pido una cosa, que te quedes al cuidado de Josefine, no la dejes sola, ella de momento la alimenté pero cuando despierte estará hambrienta...

   Mientras en otra parte de la ciudad, la masacre de cazadores produjo produzco un revuelo en ciertos círculos.
   —Ya dije que no debíamos enfurecer a ese vampiro. Y no me escucharon.
   —Las decisiones las tomo yo —dijo el que tenía más autoridad—. Y por creerte un Van Hellsing, se produjo esta catastrofe.
   —Bien, perdimos a los más débiles. Un gran contratiempo. Pero medimos la fuerza de un enemigo. Y sabemos que tiene una debilidad.
 
  Josefine despertó, creyó que todo había sido una pesadilla, que nunca había salido de casa. O que Vlad la había traído de regreso.
   Pero se sentía más débil que antes, lo que le molestaba. Y vio a esa mujer, que indudablemente era una vampira.
   —¿Vlad sigue con lo de tener tres novias para él? ¿Te trajo y fue a buscar a la tercera?
  —Tranquila, Josephine. Soy una amiga, si es que nuestra gente conoce la amistad. Estaría más interesada en tu persona, pero no me atrevería a meterme con su amada.
   Josephine suspiró.
   —Y tu nombre es...
   —Carmila.
   —¿Carmila? ¿Cómo la historia de Sheridan Le Fanu?
   La vampira contuvo su mal humor.
   —Un gran escritor que no contó toda la verdad. Estoy acá para protegerte. Y para alimentarte si hace falta.






 

    La carta era escueta; sin remitente, con tan solo unas palabras que la citaban en la estación de tren, y un billete con destino a Toulouse.
     Su vida había dejado de tener el atractivo que ella necesitaba. La soledad invadía cada rincón de su apartamento; y, aun sabiendo del peligro que entrañaba acepar la invitación, no dudó en coger una pequeña maleta de mano con lo necesario, y acudir al lugar propuesto.

    Qué excitante emprender esta aventura con destino a Toulouse. Pensaba Karen. No sabía de quién podía tratarse la cita. Por eso la excitaba esta aventura. Necesitaba nuevos aires. Y sobre todo, salir de la monotonía que le envolvía cada día de su calendario. Estaba angustiada por las circunstancias vividas de pandemia. Y quería recuperar el tiempo perdido habitado entre las cuatro paredes de su apartamento...

   Llegó con suficiente tiempo para elegir un buen lugar de la estación, la curiosidad la invadía conforme se iba acercando la hora de coger ese tren que la llevaría sin lugar a dudas a una nueva aventura, mejor dicho a la aventura de su vida. Tal vez, pensaba para sí misma, había sido demasiado imprudente, ¿quién sería el remitente de la carta? en caso de que fuera masculino, pues las letras no daban opción a pensar en el género del remitente.
    Solo faltaban cinco minutos para encontrarse con su destino, cuando un altercado en la cafetería de la estación la sobresaltó haciendo que se girará para ver qué ocurría, justo en ese momento alguien le robó su pequeña maleta.

    El trabajo de hace años estaba dentro de esa maleta. Eligió una maleta desaliñada, falta de atractivo, precisamente por ese motivo, el de no llamar la atención y así poder guardar allí su portátil. Lamentó haber sido tan confiada. Tenía que recuperar su maleta, en ese pensamiento estaba cuando un desconocido se acercó hasta ella, sin presentase, le susurró: "lo he visto todo, la puedo ayudar, sí usted quiere, claro" Sorprendida por la nueva presencia, se detuvo en estudiar al desconocido. Tras una primera impresión, dejó que el hombre se sentara y expusiera su relato. El cual le causó una reveladora sorpresa.

     El tipo dijo llamarse Jean, y explicó que había llegado a la estación en busca de su amiga de la infancia, Karen, a quien hacía dos décadas que no veía.
     No puede ser, se dijo ella, por muy cambiados que estemos ambos, me sonaría su cara, estoy segura. Pretendió saber a qué se dedicaba, siendo entonces posible comentarle que su trabajo, el que tenía en el portátil robado versaba sobre una investigación pionera en el campo del cáncer de cólon.
     Él era pintor, y quedó extasiado con la sonrisa de ella, pidiéndole una cita para que posase, a lo que ella, de entrada, se negó. Una mujer llegaba corriendo, con un zapato en la mano, sin tacón, y por tanto, cojeaba al llevar el otro puesto.
    Jean- gritó, con la voz en un resuello. Éste se dio la vuelta y se abrazó a ella, quedando Karen, la viajera sin maletín, expectante y confusa. Esa mujer se parecía a ella de manera extraordinaria...

    Karen no dejaba de mirar a aquella mujer, en tanto Jean y su repentina compañera se fundían en un abrazo y daban paso a un beso apasionado. Karen pensaba si antes Jean no habría pensado que eran la misma persona. Fue en ese momento en que desvió la mirada y a lo lejos vio a un hombre de misterioso aspecto llevando la que creía era su maleta.
 
   Karen salió corriendo dando gritos entre la gente: "¡¡Oiga, oiga señor!! ¡Deténgase!"...

      El Hombre gira hacia Ella sin dejar de caminar hacia atrás.
     —Por favor deténgase, esa maleta es mía.
     —Karen… Usted no está tan equivocada.
    Sorprendida a que la nombrara queda congelada entre el público notando que la maleta era nueva… en ese momento el desconocido la mira y le dice:
     —Debo corregir algunos detalles de su Trabajo Científico.
     Aún más sorprendida le pregunta: —¿quién es Usted?
 
     —Soy el pasado… y esta, será pronto su maleta.

    —¡Un momento! —Levantó la voz Karen— Tal vez yo sea arriesgada al hacer este viaje. Tal vez no entienda lo que pase. Pero quiero ser respetada en mi profesión. Así que va a devolverme mi valija con mi trabajo o voy a gritar como Scream Queen.
     —Tengo que corregir su trabajo.
   —No. Soy yo la que tiene que hacerlo. Puedo aceptar ayuda pero nunca de alguien que me subestime. Ni que pretenda hacerse el intrigante.

   La confusión de Karen iba en aumento, no entendía nada. Ese caballero decía saber lo que ella portaba en su portátil, le daba consejos sobre cómo corregir su trabajo. Por otro lado esa pareja, una mujer que era igual que ella, la situación era tan estresante que en un momento dado perdió la conciencia.
   Cuando karen despertó se hallaba en una sala de hospital, se quiso mover pero no podía, algo la sujetaba.
   Comenzó a chillar pidiendo auxilio, nadie se acercó, todo era silencio, hasta que una vieja enfermera se asomó con material en una bandeja.
    Esta controló el goteo y con unos ojos sangrientos le dijo:
    —Más vale que no se mueva mucho, sino tendré que volver a pincharle y eso le va a doler.
    La "r" la arrastró tanto que hasta pudo sentirla en su estómago.
   Karen, supo al instante que debería utilizar su inteligencia para sacar algo de esa mujer y, más vale que la pusiera a funcionar, tenía que salir de ese lugar y recuperar su maleta, o estaría muerta antes de cuarenta y ocho horas...

   Karen se preguntaba cual clase de perversidad era la de esa veterana enfermera, que acentuaba tanto las erre, como en dolorrr. Y cada posible respuesta la aterraba, deseaba haber sido un poco menos cinéfila, haber visto menos de lo relacionado con hospitales.
   Aunque al mismo tiempo le daba algunas ideas, que no eran de su agrado.
 
   Y mientras Karen se enfrentaba a sus temores, podría aparecer una ayuda para ella. Como la mujer que tanto se le parecía, que la había tomado como una gemela. Y dejado estar cerca de Karen. La había visto caer desmayada a Karen, en brazos de un desconocido. Y gritó mientras le arrojaba los zapatos, espantando al extraño. Y obligó a Jean a pelearse por esa valija.
   La doble de Karen estaba preocupada. ¿Qué tendría esa valija, la que no se atrevía a abrir?
 
  Y también estaba Sally la Detective, la rubia investigadora, astuta, entrenada, aunque un tanto propensa a estar en situaciones de peligro. De las que salía por su habilidad, por ayuda de último momento o por suerte.
   Cada vez temía que el próximo caso fuera el último. Pero no podía dejar de intervenir.

  Llevaba más de tres días encerrada en ese hospital siniestro donde no se oía ni el aliento, ya más recuperada esa noche se levantó y fue cuando se dio cuenta de que no tenía nada que ponerse, pero eso no la iba a echar hacia atrás en su huida.
   Salió al pasillo, su luz era tenue y enfiló hacia el cuarto de enfermeras, allí se puso una bata blanca y unos zuecos, fue con suma cautela hasta la puerta de salida.
   Se fijó en un coche de gama alta, en él un joven estaba al volante, sin decir palabra se metió dentro de él y con voz segura le dijo:
   —No te muevas o te corto la yugular, sal de aquí y conduce hasta la estación del tren.
   El joven sin decir una palabra puso en marcha el motor, en el trascurso del camino el silencio era el segundo, cuando llegaron a la estación ella abrió la puerta, y con una sonrisa le dio las gracias, le enseñó con lo que le estaba apuntando, era un pasador de pelo.
   Su idea era ir a la comisaria de la estación y contar todo lo que la había pasado, pero cuando iba a entrar, su " supuesta gemela" la agarró por el brazo haciendo que esta casi se cayera al suelo.
   —No grites, tenemos que hablar, he venido cada noche a ver si te encontraba, tengo tu maleta.
   Mientras al otro lado, la detective Sally oculta tras unas gafas no se perdía nada de la escena.

  Sally observaba cada acontecimiento, pero tenía claro que no debía intervenir demasiado, más siendo una viajera en el tiempo, debía ser cuidadosa de todo cuanto realizaba en sus viajes temporales para no alterar los sucesos. Su tarea solo era cautelar que todo se cumpliera según el plan.

    Karen se estaba enfrentando a su pasado, por ello se encontraba con su propia proyección sin entender demasiado. Pero esos días en el hospital le habían obligado a pensar en todas las posibilidades. Era imperioso que su maleta no cayera en las manos equivocadas, paradójicamente el futuro dependía de ello aún cuando debiera remover el pasado.

     Aquello empezaba a ser complejo. Si había logrado comprender que el pasado y el futuro andaban trampeando, ella debería jugar con lo que tenía. Ahora estaba ahí. No había caído hasta ese momento pero el viejo profesor Martín le había confesado alguna vez que Toulouse guardaba un secreto. Entonces recordó aquel palacete cercano a catedral Saint-Étienne y aquella callejuela de nombre casi impronunciable para alguien que no supiera tragarse las erres. Debía encontrarlo y rebuscar en sus recuerdos. Compró una guía de la ciudad y escudriñó hasta dar con el barrio de Saint-Étienne. Buscó con el móvil algunas localizaciones. Tomó un taxi y se dirigió hacia una en concreto. Seguramente, su futuro la encontraría pero había cosas que solo alguien podría saberlas a parte de ella. La hipnosis sería su baza. Adelantarse al futuro antes del futuro.

    Al llegar a Saint-Étienne, fue derecha a la fábrica de armas, allí debería buscar al encargado y darle un mensaje de viva voz de parte del profesor Martín.
    Fue una gran sorpresa ver que el encargado era Jean, el joven que hacía un par de días había visto en la estación del tren.
    Su cabeza dio un giro inesperado, qué estaba pasando, él la trató como si nunca la hubiese visto.
   Antes de abrir la boca, un ruido interrumpió el comienzo de la conversación, una explosión dio al garete con el tejado de la nave.
  Las sirenas se pusieron a funcionar y en menos de un minuto todos los empleados estaban en la calle, se oyeron gritos, llantos, y Karen era como una mera espectadora, porque algo curioso estaba sucediendo, era como ver una película pasar a su alrededor y ella fuera invisible.
   ¿A caso era una dimensión en otro mundo?
   Solo hizo falta un segundo para confirmar lo pensado.

    —¡Tormenta temporal! —decía Jean— Nos invade una tormenta temporal.
Karen llegó a ver aviones de la Primera Guerra Mundial con extrañas insignias. Y nada más, porque se encontró rodeada. Jean había ordenado que fuera protegida.

   Mientras tanto, la otra, estaba en posesión de la computadora. Usando la clave que Karen le había dado, subía la investigación a la Nube, para que hubiera una copia de respaldo, en una página usada por científicos.
    Y hacía una copia extra en una unidad USB.

   Alguien irrumpió en la habitación. Era Sally la Detective, que a la doble le recordó al personaje de una historieta de los años 30.
    —¡No estás segura! ¡Vas a tener que acompañarme!
    —¿Por qué? ¿Quién sos?
    —Porque hay mucho en juego, más de lo que podés imaginar.

    Karen veía algunos cuadros que había en el lugar. Parecía de ella o de su doble. Y en uno, parecían estar las dos, abrazadas.

     La idea le rondó por la cabeza ¿y si tenía una hermana gemela?
   Se deshizo de ella al instante, ella era hija única, sus padres no eran tan malvados para ocultarle algo así, o tal vez sí.
     Lo que estaba claro era que algo estaba pasando a su alrededor que la estaba dejando fuera de juego, y eso no se lo podía permitir, su reputación como investigadora y científica estaba por encima de cualquier aventura inesperada que surgiera en su camino hacia el destino final.
     Sally con voz autoritaria se dirigió a quien ella creyó que era Karen, esta no dijo nada, la siguió en su juego, cuando iban a salir de la habitación un golpe inesperado la dejó KO en el suelo.
     Karen desde la otra habitación sintió un ruido, al asomarse vio en el suelo a la detective pero sin rastro de su posible hermana.
     Algo le llamó la atención, en el pavimento había manchas de sangre y no eran de la detective, esta tan solo estaba conmocionada, cuando abrió los ojos, solo dijo... Se han llevado.

    Poco a poco la mente de Karen fue atando cabos sueltos y se dio cuenta de que la otra chica igual a ella, resultaba ser ella misma en otro espacio de tiempo. Comprendió que Sally trataba de ayudarla, pero en el caos ella no se lo permitía. También vino a su mente Jean, quien sin duda era parte de ese pasado, de esa otra vida, pero había algo más importante que debía solucionar prontamente. Era recuperar su maleta y con ella descubrir finalmente la solución a esos cambios temporales que estaban causando estragos en su mente.

     Sally fue asistida por Karen, la científica, quien le comentó lo que creía haber descubierto sobre sí misma.
    —Estás cerca pero no es exacto. En algún momento, tuviste que elegir entre la investigación científica y el arte. Y en cierta forma, tomaste las dos decisiones en forma simultánea.
     La Karen que eligió ser artista se convirtió en la modelo y amante de Jean. Y la Karen científica eligió la investigación médica.
      Pero algo o alguien se descuidó y sus caminos se cruzaron.
     —Hay que rescatarla. Y recuperar mi valija.
     Tu investigación está a salvo. Hay una copia en la Nube y un Pendrive.
     ¿Y qué pasará con ella?
     Sally abrió una valija, en cuyo interior había un extraño dispositivo.
   —Es un estabilizador temporal, puede desecharla, borrarla de la continuidad, ella nunca habrá existido. No tendrán la investigación.
     Karen se horrorizó.
    —De ninguna manera, ella soy yo pero tiene su propia vida.
    —Es tu decisión. Pero vas a estar en peligro.

    Karen no dudó ni un segundo, no estaba dispuesta a borrar de un plumazo a su otra yo, a pesar de que ahora ella estaría en peligro permanente.
   Sally iba a debatirle su respuesta, pero esta la hizo callar. Es mi vida y me arriesgaré, ahora ponte en marcha, contacta con quien tengas que hacerlo, pero debemos de encontrar a mi otra yo.
  —Mientras, en un castillo cercano a Loira en las mazmorras, allí estaba nuestra pequeña Karen amordazada y cubierta de moratones, unos por los golpes recibidos y otros ella misma se los había dado en las ansias de desatarse las manos.
  Oyó pasos que se acercaban a su celda, y en un instinto de supervivencia se hizo la dormida, su postura fetal y sus ojos cerrados en un primer momento engañaron al visitante, pero pronto se dio cuenta de que su respiración estaba acelerada.
   —Sin mediar palabra le dio con la punta de sus botas en sus piernas, ella lanzó un grito ahogado, ya que estaba amordazada.

    La pequeña Karen reconoció al hombre de misterioso aspecto, que había visto en la estación de tren. No le había gustado la actitud hacia esa bella mujer, tan parecida a ella. Y ahora le aterrorizaba estar en su poder.
    —¡Basta! —dijo alguien más— La necesitamos para que la Doctora venga por ella.
    El hombre misterioso dijo algo que la otra Karen no entendió.
  —Según los informes, la Doctora es una narcisista. Con una extraña oportunidad de amarse a sí misma.
    Y si nuestros planes salen bien, podrás tener a la detective.
   —¿Y si fallan?
   —Alguien será castigado por su incompetencia.

  Mientras Karen y Sally montaban el operativo, se les sumó un extraño personaje que sería el guía que las llevaría por la zona sur de Francia, pues el contacto de la detective le dio detalles de un equipo de investigadores que habían alquilado un castillo hacía un par de meses, según la información que disponía era para rodar un película de época.
   Marcos, era periodista y llevaba trabajando para una empresa de investigación científica varios meses, su aspecto era desaliñado pero limpio, son de esos hombres que no pasan desapercibidos, y lo malo es que él lo sabe.
  Karen no confiaba en ese tipo de hombres, en esta ocasión no tenía más remedio, el tiempo corría en su contra, debía encontrarla lo antes posible, estaban en juego muchas cosas, no solo su vida, sino toda una investigación que cambiaría el curso de la humanidad.
   Al otro lado en un mundo paralelo la visualización de los humanos les estaba causando síntomas que no entendían 
las emociones son el mal de la humanidad contábamos con ello Señor.
  En aquella sala donde se reunieron a la salida del sol, estaban preparando el rescate, sobre la mesa tenían los planos del castillo, apuntaban los accesos por donde podrían penetrar sin ser vistos, todo estaba controlado, al menos la logística, solo faltaba ponerse en marcha rumbo a una aventura que les daría las claves de cómo salvar al mundo real.

  Karen se despertó de un sobresalto en su cama. Con asombro, se frotó los ojos intentando asimilar o entender qué le había sucedido; si todo había sido un sueño, o, si por el contrario, era alguno de esos sucesos extraños en los que ya se había visto envuelta  sin saber cómo ni porqué.
  —La respuesta es muy sencilla… —escuchó de pronto, sorprendida y asustada, mirando hacia todos los rincones de su cuarto y viendo que allí no había nadie más que ella.
  —Así es, Karen. Físicamente estás sola, pero eso ya no será impedimento para la comunicación entre otras líneas temporales. De esto se trataba tu trabajo de investigación. Afortunadamente cayó en buenas manos. Soy la detective Sally; no sé si me recuerdas, dado tu estado mental, pero tú misma me contrataste en el pasado. Puedes escucharme gracias a unos implantes que diseñaste con ayuda de Jean, y que permiten comunicarse a través de la mente.
  —Pero… ¿cómo es posible…?, yo…
  —El mundo corría un grave peligro; un caos temporal. Se te tendió una trampa que nosotros ya sabíamos de antemano, pero no podíamos alterarla, así que seguimos su juego intentando no mover demasiadas piezas. En tu trabajo iba encriptado todo lo necesario para llevar a cabo los implantes, pero faltaba la llave, la clave definitiva que solo tu otra Karen tenía en su poder.
  —Creo que voy entendiéndolo todo… Y yo pensando que era un importante avance para la ciencia…
  —Y lo sigue siendo. Cuando acabemos esta conversación, te olvidarás de todo cuanto ha sucedido. Seguirás con tu proyecto para el cáncer. Habrá grandes avances en la ciencia y en la medicina gracias a la comunicación del futuro, en determinados sectores; y todo gracias a ti, Karen, y a Jean, y a todo el equipo que ha estado detrás en el pasado, junto al futuro, para que el mundo fuese un lugar digno donde vivir.
 
  Karen despertó descansada y relajada. Se puso sus zapatillas, su bata de seda, y se dirigió al balcón para abrirlo de par en par y sentir el sol en sus mejillas.
  —Tengo la extraña sensación de que hoy va a ser un gran día…


HAN ESCRITO LA HISTORIA...

No Te Has Ido

 

    Necesitaba cerciorarse de que su cuerpo seguía allí; que no había sido un mal sueño y que, a pesar de que cada noche volvía a verlo a los pies de su cama, yacía dentro de aquella caja de madera y bajo el peso de ese frío y enmohecido mármol.  
    Le atormentaba no saber a qué se debía que la sombra de su amado se erigiera frente a ella; si se estaba volviendo loca, o si Francesco había vuelto de entre los muertos a saldar alguna cuenta pendiente…   
    Cualquier posibilidad se cernía ahora sobre ella; y debía averiguar cuál de todas ellas…  

      Paola se preguntaba si ella estaba entre esas cuentas pendientes, si era una de las razones por las que su amado volvería.
      Si regresaba con ella, seguramente sería con deseo, con una intensidad comparable a un ser mitológico. Pero la inquietaba una duda, si volvería con amor con ella. O con furia hacia ella.

      Francesco tenía cuentas pendientes con Paola. Se había sentido engañado. Aquel día que regresó de Estambul la sorprendió con su amante, en su habitación, en su propia cama.
      
Y cada noche ella le veía en su habitación porque él regresaba de entre los muertos como un fantasma. Y veía su sombra. Y escuchaba su voz...

      Una noche no pudo aguantar más esos susurros que no percibía bien que era lo que decían, se armó de valor y fue hasta la sombra que la perturbaba.
      —¿Quién eres?
      —¿Por qué no me hablas, y me dices qué quieres?
      La sombra se iba acerando hasta donde ella estaba, sus piernas parecían flaquear hasta el punto que se dejó caer sobre los pies de la cama.
     Tapó su cara y sus lágrimas fueron sus compañeras, en ese momento la sombra se puso a su lado.
     No fue miedo lo que sintió, más bien vergüenza y dolor.

     Paola sintió que la sombra se iba moviendo percibiendo cómo se acercaba con un cuchillo afilado que la fue marcando el contorno de los labios, deslizándolo por el cuello… rasgando el camisón... hasta llegar a los pechos... mientras que una voz la susurraba...
     —Vas a pagar por todo el daño que me has hecho, perra.

     El miedo la estaba sobrecogiendo dejándose llevar por la sensación de ahogo. De pronto pensó que solo era fruto de su imaginación por la dichosa culpa. Paola no quiso hacerle daño en ningún momento, las circunstancias fueron las causantes. Cuando quiso darse cuenta estaba demasiado metida en aquella situación. No se percató de que estaba hablando sola, de que su perdón salía una y otra vez de su garganta. Cubrió su rostro y empezó a sollozar. Cuando alzó la vista, la sombra había desaparecido. El día clareaba pero su inquietud quedó en el aire, en su cuerpo... Empezó a cuestionarse si había sido solo un sueño. Tan solo quedaba esperar a que llegara la noche.

    Sin embargo solo esperar le creaba una enorme inquietud y le resultaba cada vez más difícil vivir con ese sentimiento. Las noches se habían vuelto vigilias, donde cerrar los ojos era abrir la puerta a que aquellas visiones regresaran siendo cada vez más perturbadoras.
   
    Fue cuando por fin se decidió a buscar ayuda, y recordó que en la iglesia más antigua de su ciudad, un cura era experto en sucesos paranormales. Decidida a encontrar una solución, fue a visitarlo...

sendero empedrado jardín de colores vivos
a los costados custodiando a humedad natura
el camino hacia la puerta añeja de marrón oscuro,
semiabierta
 
antes de llegar al pórtico, como lento bostezo animal
desde lo profundo hacia la luz, el rostro cadavérico de
mirada profunda y delgada figura oculta por la sotana
mira a Paola y le dice: ¿problemas con el automóvil?
sorprendida le responde que desde que partió fallaba
y se demoró en llegar
el párroco mirando el auto afirma: lo sé, un ente está
de polizón en el motor… Ella gira sin ver algo, momento
en que este tocándole la espalda, puede distinguirlo exclamando
—pero… es Francesco !!!!!!!!!
 
paternal en su voz suave el cura se dirige a Paola
 
—ese no es Francesco, tampoco es el del ataúd que se encuentra
en el cementerio … ese ahí, es uno de tantos demonios creados por Ti… producto de tus culpas… la verdadera esencia de Francesco ahora en este instante está a tu lado protegiéndote hasta de Ti misma.

  Dante, el cura consultado por Paola, era alguien que incomodaba a la jerarquía. Acusaba a la hipocresía de algunos de sus pares, sabía demasiado bien los mecanismos de ciertas intrigas. Y tenía una incómoda fama de progresista.
   Dante solía leer los pasajes de la Divina Comedia, de su ilustre homónimo, sobre Paolo y Francesca. Era algo que le conmovía.
 
  Por eso, Paola se sentía incomoda. Sabía que no la juzgaría por la convivencia con Francesco sin casarse. Ni por la intensidad de la pasión que habían tenido. Alguien con tolerancia estaba diciendo que ella tenía culpas que había cometido con alguien tan enamorado de ella, que la seguía protegiendo.

  La confusión de Paola a esas alturas rondaba el agobio, por ello había acudido al párroco, buscando encontrar respuesta y sobre todo ayuda. Saber la posibilidad de que Francesco la cuidaba la reconfortó, recordó muchas conversaciones juntos donde hablaron de la muerte y de ese mundo desconocido más allá de la vida.
 
  Pero si Francesco la protegía, más allá de su infidelidad, quién o qué era aquella sombra que la perturbaba con aquellas voces amenazantes. Le contó todo al párroco y este quiso visitar la casa de Paola...

 Quedaron al día siguiente por la tarde.
 Dante llegó puntual, Paola le esperaba impaciente. Había vuelto a pasar una mala noche... "¡Por favor, padre, no más noches toledanas!" exclamó nada más verle, y se dirigieron al cuarto.
  Lo primero es lo primero. Dante le pidió a Paola que se tumbara en la cama, que cerrase los ojos y respirase profundamente "concéntrate en tu respiración, Paola, yo mientras me siento aquí, iremos viendo que va surgiendo".

  Dicho y hecho, Paola se tumbó y Dante se sentó en un silloncito. Paola se quedó roque enseguida, la presencia del párroco le daba seguridad y por fin logró conciliar el sueño.
  En esas estaban cuando se escucharon claramente tres golpes secos.

  Dante se sobresaltó al oír esos golpes, también se estaba quedando dormido y aquel ruido lo puso en alerta. Se asomó a la ventana que daba a la calle, pero nada vio, cuando giró vio que Paola temblaba sobre la cama.
 
  Hija, ¿qué te sucede?, le preguntó mientras Paola entornaba sus ojos y parecía pedirle algo. ¿Qué quieres, qué pides? Fue cuando se fijó que sobre la mesa de noche había un diario y un lápiz, se lo acercó a Paola que en un estado de trance comenzó a dibujar lo que parecía un mapa. Cuando terminó de hacerlo su cuerpo se calmó y Paola abrió los ojos mirando a Dante con sorpresa. ¿Qué sucedió padre?
 
  Has entrado en un trance y has dibujado este mapa, le respondió el párroco aún asombrado pese a su experiencia en esos casos paranormales. Ambos observaron el dibujo que indicaba un lugar exacto, sin embargo quedaron aún más sorprendidos cuando vieron que el dibujo que Paola había trazado con su mano, lo firmaba Francesco...

  No podía ser. Era la firma de él. Y debajo de la rúbrica estaba escrita una dirección.

  Paola se sobresaltó, su cuerpo comenzó a sudar, estaba agitada. Pensó que debía acudir a aquel lugar. Se levantó de la cama y...

  En el momento de poner los pies en el suelo, sintió un calambre que le recorrió toda la espina dorsal, inmóvil por unos segundos, el padre la sujetó y, con voz afligida, la calmó.
  —No pasa nada hija, iré contigo si me lo permites a descubrir aquello que esa alma en pena ha dibujado a través de ti.
  Los días previos a adentrarse en esa aventura un tanto arriesgada, hizo repaso a los años que estuvieron juntos, ella y Francesco. A su memoria vinieron recuerdos que ahora tomaban sentido. En el último año sus amistades eran un tanto intrigantes, y sobre todo aquellas llamadas de teléfono a horas intempestivas, donde sin decir nada se ausentaba dejándola sola; un nota era la excusa perfecta: "amor, lo siento, es trabajo".
  Recordó aquella nota que encontró por casualidad al llevar su chaqueta a la tintorería.
  «Fancesco, no te olvides, llave: dos; hora: 3 a.m.; lugar: “La sartén del diablo”».
  Paola dio un pequeño salto, al menos tenía una pista por donde comenzar su búsqueda a lo desconocido.

   "La Sartén de Diablo era algo menos siniestro que lo que su nombre sugería. Era un restaurante y café, en una zona gastronómica.
  —Lo único maligno es que incentiva la gula —decía Dante con sentido del humor.
  —Un lugar frecuentado por abogados, inversores... y por amantes —agregaba Paola, sin poder apreciar el humor del cura.
   Cambiando de tema, Dante hizo una observación.
   —Hay algo más escrito.
 
   Dante leyó:
   "Y ella a mí: No hay mayor dolor,
   que, en la miseria recordar
   el feliz tiempo, y eso tu Doctor lo sabe".
 
  Dante reconoció un fragmento del episodio de la Divina Comedia, que tanto lo conmovía. Paolo y Francesca en el círculo de la lujuria. Condenados pero juntos para siempre.
  —Canto Quinto, verso 112. Esto puede ser una clave."

   Llegando al lugar se sorprendieron al darse cuenta de que estaba abandonado, lo que otrora era un sitio muy concurrido, al parecer había sido asolado por un incendio recientemente. Irónicamente parecía que el nombre del lugar había sentenciado su destino. No obstante decidieron recorrer lo que quedaba aún en pie.
 
  Había numerosas inscripciones en los muros, graffitis realizados por vagabundos que se quedaban por las noches o por quienes buscaban realizar ritos invocando almas que se decía rondaban el lugar luego del siniestro.
 
    Paola observaba cada rincón, mientras Dante se persignaba al encontrar cruces invertidas. En ese recorrido casi a oscuras, Paola se tropezó con un grueso libro que yacía tirado en el piso, parecía como si alguien lo hubiera dejado allí queriendo que ella lo encontrara...

  Paola se inclinó para recoger el libro y ante su asombro, las páginas comenzaron a moverse una tras otra hasta detenerse en una en particular. Lo cogió en sus manos y observó que aquello era un diario personal, la página contenía una serie de frases sueltas y dibujos que daban escalofríos.
 
   Paola y Dante lo observaron tratando de encontrar respuesta a lo que parecía una señal más de alguien que quería conducirlos a algún sitio. En ese momento Dante vio a alguien que se asomaba tras un muro. "¡¿Hola?! ¡Ey! ¿Quién eres?" exclamó interrogando a la presencia, la cual desapareció al instante. Dante fue tras ella pero nada encontró...

  Recordando los versos incluidos en lo que había, en estado de trance. Paola tuvo una inspiración repentina. Y fue hojeando el diario, buscando fechas. Y encontró una anotación correspondiente a un 11 de febrero.
 
  "La Sartén del Diablo es un lugar concurrido, lleno de rumores, que dificultan el espionaje. Hay algunas parejas de amantes, que no prestan atención a negociaciones de abogados, inversores.
   Si alguien escuchara que los negocios se relacionan con lo sobrenatural. Las invocaciones al mal, son cuestiones más de ceremoniosos contratos. Y ya de paso de moda el vender almas. El negocio es comprarlas, seres temibles para atemorizar, asesores financieros con siglos de experiencia en trampas...
 
  Paola siguió leyendo.
 "... negociar con la abogada, la invocación de 5 súcubos. Asegurarse de que sean tan bellas y portadoras de lujuria, ¡como en los mitos...!
 
  —11, 2, 5. Como en los versos —murmuró Paola—. No puede ser una casualidad.
 
  Dante la había escuchado. Y tomó el diario.
  —Han convertido a la nigromancia en una cuestión de abogados —comentó—. Es peor de lo que sospechaba.

  Tras decirle aquello a Paola, nuevamente Dante visualizó la silueta de un hombre en la penumbra. -¡Ey!, -exclamó otra vez- Paola, hay un hombre allí. Cuando Paola giró su vista creyó reconocer a Francesco en esa fantasmal presencia. Guardó el libro en su bolso y junto a Dante fueron tras la aparición que pareció bajar por unas escaleras.
 
  Al llegar allí, un cartel de advertencia los previno; "no cruzar esta puerta", Paola se asomó alumbrando con su linterna y los escalones parecían muy afectados por lo que fue el incendio. No obstante ya no podía detenerse, debían llegar al fondo de todo. Miró a Dante y este le asintió con un gesto, armándose de valor, ambos bajaron la escalera cuidadosamente. Al llegar abajo se encontraron con pasillo que parecían un laberinto. ¿Cuál camino tomarían?...

  Otra vez se encontraban en una encrucijada, cuál camino tomar.
  Paola se quedó pensativa, aquellos números de los versos podían ser una señal, miraron a su alrededor para ver la entrada del laberinto, cuando Dante puso su pie en el estrecho pasillo, algo crujió, detrás de ellos una nueva puerta se abrió, en esta la luz les cegaba ¿qué harían ahora?
  Paola, le dio tiempo a cogerle de la chaqueta pues una espada de acero con empuñadura de plata casi le atraviesa el corazón, estaba claro, pasar aquel laberinto podría costarles la vida.
  —Es hora de calmarse y ver las posibilidades que tenemos antes de enfrentarnos a algo desconocido.
 —Tú decides Paola si quieres seguir adelante o dejar esta aventura sin solucionar.
  —Seguiré aunque mi vida me cueste, necesito respuestas y si para ello tengo que jugarme la vida así lo haré. Solo necesito saber si tengo tu compañía o aquí decides abandonarme.

  —Hija, no puedo dejarte sola en esta situación —contestó Dante, sacando una radio Spica de un bolsillo.
  —Es más humilde que la tecnología de Los Cazafantasmas, gran película —explicó Dante— Pero sirve para detectar presencias sobrenaturales.
  La transmisión deportiva fue reemplazada por un extraño sonido, entre gruñido y zumbido.
  —¿Es un fantasma? —preguntó Paola, un tanto atemorizada.
  —Tranquila, hija. Esta presencia es inofensiva.
  Los dos vieron una silueta espectral que tomaba forma, la forma de una mujer con gorro y guardapolvo de cocinera. No había rasgos intimidantes en la mujer espectral, ni si siquiera su color azulado, incluso parecía triste.
  —Me necesitarán un guía, además de esa radio —dijo ella— Pueden llamarme Beatriz.
  —¿Beatriz? ¿Cómo en La Divina Comedia? —preguntó Paola.
  —No, apenas soy una cocinera asesinada por una compañera de trabajo. Pero conozco el laberinto.

  La fantasmal entidad los guío por aquellos pasillos estrechos y carcomidos por el tiempo, ante cualquier mal paso algo podía derrumbarse. Sigilosos fueron tras la aparición que por momento se confundía con las paredes entre tanta oscuridad.
 
  Así fue que tras avanzar varios metros, llegaron a una habitación que contenía osamentas humanas. ¡Dios santo!, exclamó Dante, a lo que Paola agregó, aquellos cráneos tienen agujeros, al parecer recibieron un disparo. Buscó a su lado a la mujer fantasma pero esta había desaparecido sin que ellos lo notaran.
 
  Dante examinó el lugar que además contenía cajas apiladas. Miró aquí y allá hasta que sus ojos se posaron en un papel que estaba semienterrado, con cuidado escarbó y pudo sacarlo. Paola se acercó y notó que aquella era la letra de Francesco. Dante comenzó a leer: "Mi amada Paola, tal vez nunca encuentres esta carta, pero si lo has hecho comprenderás hoy los temores que siempre te manifesté ante mi muerte..." Los ojos de Paola se humedecieron y Dante la rodeó con su brazo tratando de darle calma, y prosiguió leyendo. "Hicimos una promesa poco antes de mi partida, y era la de seguir unidos más allá de la muerte física, por ello volveré a ti para así cumplir lo prometido y al mismo tiempo, revelarte lo que un día guardé para ti."...

  Paola leyó rápidamente lo que quedaba de la carta, luchando entre la emoción y el estado de alerta.
  —¿Adónde se fue Beatriz? —le preguntó Paola— Parecía una buena mujer.
  —Fue a cocinar para alguien.
  —¿A esta hora?
  —Tal vez fue a preparar un desayuno. O tenía miedo de estar acá.
  Paola sintió temor de un lugar, que intimidaba a una mujer espectral. Por lo que se apresuró a guardar la carta en el bolso.
  —Entonces, no podemos quedarnos.
  —Pero debemos tener cuidado. No todos serán como Beatriz.
  Dante sacó una tiza de otro de sus bolsillos. Y se la dio a Paola, quien trazó un pentágono en el piso, en el que podían entrar ambos. Según el cura le había explicado, era una defensa contra seres sobrenaturales.
  Mientras tanto, Dante fue girando su radio portátil, atento a posibles presencias sobrenaturales.

  Mientras con la tiza pintaba el pentágono se oyeron ruidos extraños y algo en la atmósfera les alertó de presencias sobrenaturales, el olor inconfundible de azufre.
  Dante en un acto de inercia agarró su crucifijo y lo apretó con sus dos manos, este gesto no pasó inadvertido para Paula, que sintió como su labio inferior comenzaba a temblar.
  Una vez los dos dentro de esa figura geométrica se sintieron un poco más aliviados aunque solo fue una figuración momentánea, el peligro les estaba acechando y volaba por encima de sus cabezas.
  Algo comenzó a caer sobre ellos, eran cenizas, pero entre ellas un pergamino cayó a los pies de los dos.
  Paola se agachó y antes de cogerlo entre sus manos, Dante le advirtió que una vez en su poder lo que en él estuviera escrito era un signo a seguir, no habría vuelta atrás.
  Vaciló un segundo, sus miradas temblaron, el destino estaba escrito, debían seguir hasta encontrar la verdad.
  —¿Pero qué verdad sería?

  Ya habían recorrido mucho camino como para dudar en este momento, Paola quería llegar a la verdad, quería saber qué quería decirle Francesco como para presentarse ante ella aún después de muerto. Abrió el pergamino con confianza, mientras Dante rezaba temiendo lo peor. Al abrirlo sintió escalofríos cuando vio que el pergamino contenía un testamento a su nombre por una suma millonaria. Era el legado de Francesco y que tras su fallecimiento había quedado perdido y casi reducido a cenizas en el incendio.
 
  ¿Cómo había llegado allí? Francesco lo había dejado en manos de su abogado que al mismo tiempo era el dueño de "La sartén del Diablo". Paola ignoraba la existencia de aquel documento y nunca hubiera podido encontrarlo si el alma de Francesco no hubiese regresado del más allá para llevarla hasta allí.
 
  Paola respiró profundamente, ese dinero era la solución a sus problemas tras la muerte de su amado. Al terminar de leer levantó la mirada y vio a Francesco en el marco de una puerta, le sonreía y ella hizo lo mismo. Dante la sacó de ese instante cuando le advirtió: "Debemos irnos hija, esto puede derrumbarse en cualquier momento".
 
  Ambos salieron de aquel lugar prontamente, con la satisfacción de haber encontrado el testamento y poder permitir que Francesco descansara habiendo cumplido su promesa.
 
  Dante que fue de vital ayuda para Paola, regresó a su parroquia y ella volvió a reconciliarse con la vida. Sus sueños volvieron a ser plácidos y Francesco no fue más una sombra, sino la luz que la acompañaba.


CONTINUACIÓN...


   Ya no eran toneladas las noches de Paola, que ahora esperaba con ansia, sabiendo que serían noches de belleza, de pasión. Francesco, que cumplía con la promesa de quedarse con ella, la remontaba entre las sombras, con amorosa lascivia. Y si a veces la ropa de Paola era destrozada no era con furia, rencor, producto de las intensas manifestaciones de deseo.
 
   Pero Paola sabía, era un pensamiento inquietante en el día, que no era el final de la historia. Que venían algunas inquietudes en el testamento, junto con las soluciones, en el testamento de Francesco.
   Era innegable que tendría que afrontar cuestiones legales, como reunirse con el abogado de Francesco. Y dueño de La Sartén del Diablo.
   —Él debe de saber algo —se dijo a sí misma Paola— No puede ignorar lo que se oculta en el laberinto. O a las negociaciones con almas, en poder de quién aportará más dinero. Lo que había indignado a Dante. ¿En poder de quién podría quedar alguien como Beatriz?
    —Debes hablar con Dante.
 
   No fue fácil encontrarlo. Tenía que tratar con la jerarquía eclesiástica, que vigilaba a alguien molestamente progresista. Y sus investigaciones paranormales.
   Paola lo encontró en una cena de beneficencia.
   —Yo estuve pensado en eso hija. Beatriz la cocinera tuvo algo de suerte. Pero otras mujeres fantasmales, como esas llamadas súcubos...
   Paola tuvo un pensamiento que la horrorizó.
   —Entonces esas súcubos.
   —Así las llamaban. Pero eran pobres víctimas.
   Paola recordó las noches de pesadillas, cuando creía que era asediada por Francesco. Le preguntó al cura, como sabía eso.
   —Hay alguien que debes conocer. Podría ayudarte.
 
   Dante le presentó a una mujer esplendorosa, despampanante, parecía una modelo de revistas de moda, vestida con una formalidad, que remarcaba su atractivo. Se presentó como la Doctora Contanza Portinari. Era la abogada mencionada en el diario. Había ido a buscar la ayuda de Dante, atormentada por sus culpas, como lo había estado Paola.
   —...y ellas me suplicaron que no firmara. Pero le tengo terror a... ese abogado. Tiene tanto poder.
   Paola quedó en silencio.
   —¿Por qué no reabrió ese lugar?
   —Yo pensé en eso —intervino Dante— Diría que le teme a algo.
   Constanza miró a Paola.
   —¿Eres la pareja de Francesco?
   Paola asintió.
   —Debes asumir su legado, no el dinero, sino el verdadero.
 
   Esa noche, Paola, Francesco y la abogada volvieron a las ruinas de lugar. Dentro de un pentágono protector, hablaron con Beatriz y otros visitantes menos amables. También con las cinco mujeres. Habían incentivado el incendio, para liberarse. Pero era temporario, ahora necesitaban de Paola.
 
   Paola leyó el pergamino, el diario. Y aconsejada por Dante, asumió el otro legado, la condición que estaba en ella.
 
   En la fecha acordada, Paola se reunió en un café frente a las ruinas, con el abogado. Era alguien que sonreía maliciosamente, con la seguridad de sus contactos, que llegaban al otro mundo.
   Para su sorpresa, Paola no llegó sola.
   —Disculpen mi tardanza —dice Constanza Portinari— Tuve una conversación con una cliente.
  —La Doctora se ofreció a asesorarme —se apresuró a decir, con firmeza, Paola— Hay temas muy complejos. Hay unos contratos que negociar.
   El abogado notó que la voz de Paola se volvía intimidante. Y en sus ojos, vio algo que lo atemorizó. Nada menos, que la visión de su peor temor.
   —...bajo nuevos términos —agregó Constanza— Y me refiero a los otros términos.
 
   El lugar reabrió con un nombre nuevo, La Sartén de Beatriz, con una cocinera fantasmal. Con Paola como nueva dueña, asesorada por una redimida abogada. Y teniendo como cliente a Dante, sacerdote y detective paranormal.
 
   Tal vez alguien pregunte de las cinco mujeres, las llamadas súcubos. Dicen que liberadas de tratos de nigromancia, se convirtieron en musas, que inspiran relatos y poemas. Que entregan su pasión, ahora por su voluntad, a quienes se atrevan a amarlas.


HAN ESCRITO LA HISTORIA...

Pisínoe





Cuando despertó, no recordaba nada... Ni siquiera sentía como suyo ese mundo que ahora la observaba y rodeaba fuera del agua, y que la invitaba a caminar pisando la arena que tenía bajo sus extraños pies.
   Su cuerpo, de nívea y delicada piel, estaba desnudo.
  Intentó levantarse; pero apenas pudo incorporarse y mantener el equilibro, por lo que volvió a dejar que aquella cálida y blanca arena la abrazase, quizás esperando alguna señal con la que entender qué estaba ocurriendo, qué o quién era ella…, y cómo había llegado hasta allí…

   Y esa voz, que de alguna forma llegaba hasta ella, con tono burlón:
   —Así lograste escapar de mí. ¿Vas a poder sola, sin mi protección?
   Estaba confundida, desorientada pero algo le decía que no debía volver, que era preferible afrontar esa extraña situación.
   —Voy a poder, tengo que poder.
 
  Hilda no se reconocía. De nada se acordaba. Ni entendía qué hacía allí, delante del mar, mirando al infinito. Algo mareada, se llevó la mano al cuello donde le colgaba una cadena con el colgante de una letra: A.
 
  Y seguía escuchando esa voz que le hacía retumbar el tímpano. Una voz masculina dominándole la mente.
 
   Tal vez fuera un vago recuerdo que intentaba hacerse presente. El rugido del mar que parecía tan suyo que olía a él, sin embargo, dudaba. El salitre de su piel surcando junto a las gotas que el sol arrancaba de ella. Todos los sonidos eran diferentes. Parecían cercanos y, en cambio, estaban tan lejos que le dolían. Sus manos, sus piernas, su pecho. La textura de su cabello ligero como algas a la corriente del agua salada. Y ese colgante, cuya cadena arañaba más que acariciarla. Intentó articular algunas palabras pero no salía sonido alguno de su garganta. Estaba desnuda, sí, pero no sentía vergüenza porque no reconocía esa emoción.

   Habían pasado horas desde que su cuerpo diera en las arenas delicadas de esa playa, donde el silencio era absoluto, solo el sonido de las olas la acompañaba.
   Hilda, miró al horizonte y solo veía el azul turquesa del mar, detrás de ella unas pequeñas montañas silbaban un viento que hacía que su pelo se alborotara tapando su preciosa cara.
   El viento hizo que su piel se izara y sintió lo que jamás había sentido, frío, era una sensación nueva para ella. Con sus brazos se abrazó para protegerse.
   Comenzó despacio a caminar, estaba todavía en esa fase de aturdimiento, la voz interior de su mente la atormentaba sin cesar, pero ella no se daba por vencida, aquella huida debería servirle para comenzar un nuevo periplo por su vida.
  Estaba a punto de comenzar a subir por la montaña cuando de repente oyó voces, pero esta vez no era la fatídica voz interior, sino palabras que ella no entendía, el sol no la dejaba ver aquellas siluetas que se dirigían hacia ella, solo le dio tiempo a ocultarse tras unos matorrales, allí estaba acurrucada en silencio sepulcral cuando una mano se posó en su hombro.

  Era una sensación nueva para Hilda, el contacto con alguien, que no era como ella. Percibió emociones intensas, de fascinación ante ella.
   —Hermosa, frágil, perfecta ninfa, quiero cuidarte y protegerte.
   ¿Debía confiar o tener miedo?

  Quizá sí desconfió al principio, pues ella no sabía de emociones carnales, ni se extrañó de ver al humano vestido con un taparrabos, pero algo tenía claro, necesitaba ayuda para calmar aquel sentimiento desconocido que era el frío de su cuerpo.
  Pronto estuvo alrededor de una hoguera, alguien la cubrió con una manta, pero sintió la mirada inquisidora de parte del grupo, entre ellos, dos muchachas a las que la envidia les corroía al ver la belleza de Hilda.

  El poblado donde se encontraba estaba hecho de cabañas de barro y hojas de árboles, el fuego la mantenía con calor corporal, pero su alma estaba desolada. No entendía por qué aquellas dos mujeres la miraban con ojos sangrientos, ella no sabía de envidias y celos, eso lo descubriría tiempo después.
   Un anciano se acercó con lentitud hasta posarse a su lado, él miró y observó, ella hizo lo mismo, en él vio que sus ojos no estaban ensangrentados, al contrario, en ellos se veía una luz especial. Le dio algo de beber, él hizo el gesto de llevárselo a la boca acción que ella imitó, aquel líquido la reconfortó, ya no le hacía falta la manta, se la quitó y la dejó detrás de ella.
   Ese acto desató la ira del grupo, pues delante de todos no había una mujer bella, ella era la diosa de la belleza.
   Los gritos le hicieron encogerse y taparse con sus manos su rostro, fue en ese instante cuando el anciano se levantó en pie y puso orden en aquel desorden.
   Su voz fue escuchada, hasta que una mujer gritó, que no querían a esa criatura en su tribu.
Hilda, no entendía su idioma, pero sí que algo estaba ocurriendo y bueno no era.
   Cuando las voces parecía que iban aplacándose, Hilda se levantó y cubriéndose con su largo pelo y sus manos comenzó alejarse del fuego para huir de aquel lugar.
   No hubo dado más de cuatro pasos cuando otra mano suave y delicada la cogió por el brazo, esta vez era Mesina, la anciana curandera, ella se haría cargo de aquella extraña criatura, averiguaría de qué confines del mundo venía, sería un buen augurio o tal vez una maldición de los dioses.

   Las dos mujeres con ojos enrojecidos, como el grupo que las seguía, tuvieron que aceptar la desnudez de Hilda. Vista como una de esas representaciones de diosas. Hilda, que parecía hecha de agua de arena, tal vez fuera una de esas diosas.
 
   —Parece que no quieren —pensaba el ser que acechaba a Hilda— Veamos qué te pasa en ese mundo, al que huiste.

  Había pasado tan solo una semana desde que Hilda estuviera en esa tribu que no la acogieron con agrado, pero ante el anciano jefe no podían oponer resistencia.
  Mesina, la anciana curandera, cuidó de ella lo mejor que pudo, le era difícil entenderse pues se veía que de donde venía, ella no era una plebeya, su comportamiento así lo indicaba.
  Las mujeres parecía que poco a poco la iban aceptando pues una vez que su cuerpo se cubrió con telas prestadas ya no llamaba tanto la atención y mucho más cuando sus cabellos se los cortaron, ahí Hilda lloró tanto que cayó rendida a los pies de aquellas artimañas que con risas y carcajadas rasuraban con cuchillo su cabello.
  Mientras en el poblado seguían con sus tareas, los hombres a la caza y pesca, las mujeres cuidando de la tierra y los hijos.
  Una tarde la dejaron a cargo de tres hermanos, eran los nietos de Mesina.
 A Hilda le gustaba de su compañía, al menos estos no se reían de ella, al contrario, parecía que se sentían a gusto con esa mujer misteriosa que no sabían de dónde había salido.
  Paseaban por la orilla de la playa cuando la más pequeña entró en el bravo mar, antes de que se dieran cuenta la niña era arrastrada por las olas, los dos hermanos lloraban, chillaban, en un reflejo rápido Hilda corrió hacia esa pequeña que cada vez se la oía menos gritar, cuando quisieron darse cuenta las dos en la orilla de la playa estaban Hilda y su hermana, esta lloraba pero estaba viva.
 Hilda, regresó al poblado sabiendo que si entraba en el mar traería consecuencias nefastas para ella.

  Aunque se relacionaba con su esencia, ella había evitado tener contacto con el mar. Incluso acercarse a la playa, con la arena de un color similar a la de su piel. Hilda temía ser alcanzada por aquel, o aquello, que la había acechado. Y que sospechaba, tenía más poder en aquellos lugares, tan conectados con ella.
  Y se lamentaba de haber cedido a las súplicas de la pequeña.
  Quien no callaría, deslumbrada por su salvadora. Recordaría que alguien de la tribu la había llamado ninfa.
 
  Y si bien las ninfas eran personificación de las aguas, de los bosques y eran intermediarias de los dioses, también podían causar la locura entre aquellos que contemplaran su belleza.
  Era algo que había escuchado entre esas mujeres, que le habían cortado el pelo. Y que habían reído ante sus lágrimas.

   El tiempo transcurría despacio, en su noches los sueños se repetían, en ellos una sombra la perseguía, oía su respiración a veces tan cerca que parecía que se fuera a mimetizar en ella.
   Esa noche había luna llena, Hilda se despertó en la madrugada toda sudorosa y con una sensación extraña, esa vez no eran sombras que la perseguían sino una silueta de un hombre, este era alto, fuerte como un guerrero y su melena al viento lo hacía muy varonil.
   Al salir de su choza, la luna iluminó su bello rostro, dirigió sus pasos hacia la ladera de la montaña, deseaba contemplar desde allí el horizonte y ver el mar en calma.
   El silencio fue su compañero hasta que una voz la sacó de sus pensamientos.
   —¿Puedo acompañarte en tu silencio?

   Al oír aquella voz se sintió temerosa en primera instancia, pero luego se sintió arropada por quien se dirigía a ella con esa voz tan cálida. Miró para todos lados tratando de identificar su procedencia. "Estoy aquí, ¿no me ves?", en ese momento se fijó en una caracola de bellos colores que bajo el reflejo de la Luna parecía ser una joya.
 
   "Cógeme y acércame a tu oído", le pidió aquella voz. Hilda cogió la caracola y la puso en su oído, pudo volver a oír el sonido del mar como aquella música que la acompañó desde pequeña. "¿Por qué estás aquí Hilda?, ¿por qué has dejado el mundo al cuál perteneces? ¿No sabes que entre más tiempo pases fuera del agua más humana te vuelves?".
 
   "Lo sé" respondió Hilda, solo quería conocer este mundo que tan solo he visto desde lo lejos sumergida en el mar. Hay una parte de mí que es humana y otra pertenece a los océanos".
 
   De pronto el cielo se tornó oscuro y comenzó a llover, Hilda no podía estar bajo la lluvia o su cuerpo volvería a mutar. Entonces corrió buscando un refugió y se llevó con ella la caracola...

   —Estás empezando a amar a los humanos, eso lo entiendo. Pero ellos no necesitan a una ninfa que pretenda ser como ellos —continuó diciendo la voz—, sino a una intermediaria, que interceda por ellos. Y les recuerdo que hay algo más.
 
   —¿Pero qué pasará con lo que me persigue? —preguntó Hilda.
   —Te seguirá persiguiendo y estarás más indefensa si niegas tu naturaleza.
 
   Hilda comenzó a ver el agua que caía, no como una amenaza, sino como un elemento que renovaba su fuerza interior.

   Se abrazaron para protegerse mutuamente, temblando de miedo. Sentían una presencia junto a ellas.
  Una presencia que puso atención a sus jóvenes cuerpos. Y que usaban el pelo cortado a Hilda, como un adorno.
   —Veo que tomaron algo de Hilda.
  Repentinamente, quisieron gritar pero ese algo les tapó se los impidió, una fuerza invisible que las sujetó.
   —Tranquilas, no tengo nada contra ustedes. Sé que quieren ser como Hilda. Y puedo concederles ese deseo.
   Una de ellas sintió que podía hablar.
   —¿Qué tenemos que hacer? —susurró tímidamente.
  —Ayudarme a que Hilda vuelva estar en mi poder. Y a cambio, pueden estar juntas para siempre, como amigas... o como lo que deseen ser.

   Desde las profundidades del océano se escuchó un sonido gutural y aterrador. Las aguas se agitaban cada vez con mayor intensidad. El cielo se tornó de un cobrizo apocalíptico, y, en mitad de ese acontecimiento que tenía a los habitantes del poblado con sus miradas fijas y atónitas, comenzó a dibujarse entre el mar enfurecido y el cielo tempestivo, un enorme círculo cimbreante y oscuro, creando un portal que parecía comunicar con otro plano o universo.
   De nuevo la voz comenzó a pronunciarse, esta vez, ante todos los allí presentes:
 
   —Hilda… Has alterado la ley natural de nuestros universos. Debes volver de inmediato u otros seres atravesarán el portal. Los humanos no están preparados para asimilar y entender otros mundos ajenos al suyo; ellos están provistos de emociones, y estas, los llevan inminentemente a su propio caos.
   —Pero… me gusta esto que siento… Yo… quiero ser como ellos; respirar este aire, sentir…
  —Acabarás siendo un experimento de laboratorio; y no dejarán de venir acechadores desestabilizando las energías vitales.
 
   Aquel hombre esbelto que anteriormente se le había aparecido a Hilda, y que se había comunicado con ella a través de una caracola, volvió a hacerlo…
 
   —Hilda, ¿estás segura de que esto es lo que quieres?... Si lo haces, nos veremos obligados a cerrar perpetuamente el portal y jamás podrás regresar.
   —¡No! —se escuchó de nuevo la voz desde aquel círculo oscilante— No le des opción; debe regresar; se acaba el tiempo…
  —Lo tengo decidido —añadió de pronto Hilda— Esto es lo que quiero. Marchaos. Estas personas se han portado bien conmigo, y sé que podré ayudarlos a evolucionar y a comprender la existencia de otras deidades. Yo lo seré para ellos.
 
   Aquellas dos mujeres recelosas saltaron de pronto:
 
  —Entonces nosotras cruzaremos esa puerta. No nos quedaremos aquí contigo.
 —Os desintegrarías si lo hicierais. Vuestro organismo no lo soportaría. Sin embargo, yo podría abasteceros de nuevos conocimientos. Vuestro mundo está agonizando.
 
   Los habitantes comenzaron a glorificar a Hilda tras sus palabras. A ensalzarla en comentarios y alabanzas. Cielo y mar tronaban al unísono, y las voces de aquellos que impugnaban la actuación de Hilda, dejaron de escucharse.
   Ante el algarabío del poblado y la voluntad de ella en su decisión, no hubo réplica; y el portal…, se cerró definitivamente.  
 
   Hilda se dirigió a todos ellos:
 
  —Quiero daros las gracias por vuestro acogimiento, pero no lo haré solo con palabras; habéis demostrado tener fe, y habéis apostado por la salvación de vuestro mundo. Tened claro que habéis hecho lo correcto. Puede que algún día nos asedien más acechadores; que se abran nuevos portales… pero, para entonces, estaremos más preparados. Van a producirse grandes avances… Este mundo lo merece; no tengo la menor duda.  



**CERRAMOS PROYECTO**

Y LO HACEMOS CON ESTA CANCIÓN
QUE NOS HA PROPUESTO 
NUESTRO AMIGO DEMIURGO.
DADLE AL PLAY  😉



                                 HAN ESCRITO LA HISTORIA


  




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