martes, 27 de octubre de 2026

Convocatoria de los jueves 29/10/2026 La Nostalgia y el Tiempo/

              Bitácora Literaria



Este jueves, nos convoca  Nuria, nos deja una preciosa imagen de él  reloj y la belleza II (1964) de Itō Shinsui"

Estás frases son para que nos ayuden en la inspiración para escribir esta semana, pueden usarlas o no, ustedes deciden:

La nostalgia es ese perfume invisible que dejan los años en el alma; nadie lo percibe, pero lo reconoce en cada recuerdo.

El tiempo te enseña a soltar las manos, pero no consigue que tu corazón aprenda a despedirse

A veces, la melancolía acaricia el alma con manos suaves y recuerda que vivir también consiste en aprender a echar de menos.

La nostalgia es una carta que el pasado le escribe al corazón cuando el presente se queda demasiado callado.

El tiempo pasa como la brisa entre los bambúes; solo el corazón sabe qué hojas cayeron y cuáles siguen temblando en su interior.


El tiempo se detuvo...

Ella volvió al jardín de bambú después de veinte años.

No porque lo hubiera planeado. El tren se equivocó de parada, o quizá fue ella la que se equivocó a propósito. Bajó en la estación donde ya no paraba nadie y caminó por el camino de tierra que todavía recordaban sus pies descalzos.

Y allí estaba él.

No tan alto como lo recordaba. Con más canas, con las mismas manos. Estaba arreglando la valla del viejo jardín de bambúes de su abuela, como si el tiempo no hubiera pasado.

— ¿Llegas tarde — le dijo él sin girarse.

Porque la reconoció por el sonido de sus pasos entre la hojarasca.

— El tiempo pasa como la brisa entre los bambúes — contestó ella, y se le quebró la voz al decir:

Solo el corazón sabe qué hojas cayeron y cuáles siguen temblando en su interior.

Él se giró entonces.Y el mundo se paró.

No se abrazaron. No hacía falta. Se miraron durante un minuto entero que les devolvió los veinte años que habían perdido por orgullo, por miedo, por irse cada uno a una punta del mundo a ver si se olvidaban.

— ¿Te fuiste? — preguntó ella.

— Nunca — dijo él.

Se sentaron en el banco de piedra que seguía allí, medio roto, cubierto de musgo. El viento empezó a soplar y los bambúes comenzaron a sonar, ese era el sonido que en sus tardes en la ciudad echaba de menos y tanto añoraba.

— Yo creí que te había olvidado — confesó ella, con las manos entrelazadas para que no le temblaran —. Me casé, tuve una vida, tuve otras manos...

— Yo también — la interrumpió él, sonriendo con tristeza —. Pero hay cosas que el almanaque no entiende.

La miró.

— Solo el corazón sabe qué hojas cayeron y cuáles siguen temblando en su interior, ¿verdad? 6

Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas que por fin no eran de pena.

Porque entendió en ese instante que las hojas que habían caído eran las discusiones, la distancia, los años, los otros besos, las cartas que nunca se enviaron.

Pero la hoja que seguía temblando, ahí dentro, verde, terca, viva... era él. Siempre había sido él.

Él le cogió la mano. No como antes, con prisa de jóvenes. Se la cogió despacio, como quien sabe que ya no tiene que correr a ningún lado.

— ¿Te quedas? — preguntó.

— Ya no sé irme — dijo ella.

Y la brisa volvió a pasar entre los bambúes, llevándose por fin las hojas secas.

Campirela _

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