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Juegos de verano
Mis juegos de verano...
En el patio de mis abuelos siempre hacía más calor que en ninguna parte del mundo, pero a mí me daba igual, allí montábamos “las casitas”, que eran cuatro piedras mal puestas, dos cajas de fruta y mucha imaginación. Lo único que no fallaba nunca eran las avispas, que parecían tenerme en nómina. Cada verano me picaban mínimo dos veces, en el ojo que parecia un ojo pipa y un brazo como un botijo y mi abuela diciendo “si es que esta niña es un Alajú”. eres pura atracción para los insectos,
Mi abuelo, que era un artista sin saberlo, nos colgaba un columpio de soga en el corral. Era tan alto que si te empujaban fuerte parecía que ibas a tocar el cielo o a romperte los dientes, según el ángulo. Yo siempre elegía creer lo del cielo.
Pero lo mejor estaba en las huertas. Mi primo y yo teníamos allí nuestra “casa de papel”, que en realidad era de madera, pero nosotros éramos así, exagerados desde pequeños.
Estaba entre una alameda de chopos y robles, y subirnos arriba era como entrar en otro mundo. Desde allí vigilábamos el reino, que básicamente eran cuatro surcos de tierra y un cubo viejo, pero para nosotros era la tierra prometida, el desierto de las mil y una noches, y el horizonte hacia lo desconocido.
Y cuando caía la noche… ay, la noche. La noche era para coger pepinos que no eran precisamente de nuestras huertas. Íbamos en silencio, como si fuéramos ladrones profesionales, aunque siempre acabábamos riéndonos tanto que nos oía hasta el perro del vecino. Nunca nos pillaron, o eso creemos. Igual nos dejaban hacer porque dábamos más pena que miedo.
A veces pienso que aquellos juegos eran peligrosos, absurdos, improvisados… Pero también eran libres, salvajes y nuestros. Y eso, por mucho que pasen los años, no se olvidan.
Campirela_
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