Aquella pequeña isla guardaba un gran secreto que ella solo sabia, cada noche al caer el ocaso se escabullía y sola iba en su busca.
Hacía más de tres semanas que descubrió aquel bello Corcel en su paseo en solitario hacia la cima de la montaña, allí estaba con su gran melena cubriendo parte de su cuerpo.
Al verle en aquella cima se quedó inmóvil viendo como la miraba, no se atrevió a dirigirse a él, fue el bello animal que a trote fue hacia ella.
Su magnetismo los unió al instante, ella acarició su rostro, él se dejó hacer, la magia surgió aunque no hablaban el mismo idioma, no hizo falta saber que ambos serían amigos hasta el fin de la eternidad.
Desde ese día, cada atardecer le visitaba, paseaban ella al trote, él al paso, entre los prados jugaban, hasta que el último rayo de sol se ocultaba.
Un atardecer de repente, una gran tormenta les rodeo entre vientos huracanados y rayos no pudieron cobijarse y aquel tornado los llevo a un distinto lugar, alejados del mundo real.
La dama asustada estaba, no sabía que pasaba el Corcel relinchaba, pues no sabía como ayudarla, ella acarició su alicornio y en ese instante algo ocurrió, una niebla invadió todo el contorno del Corcel, la dama retrocedió tres pasos, cuando aquella niebla se difuminó sus ojos vieron a un caballero que del lomo del Corcel le ofrecía su mano para ayudarla a salir de aquel trance de misterio.
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