Esta segunda semana del año comienza fuerte con un tema que nos concierne a todos, Objetivos de Desarrollo Sostenibles. Si pincháis en la imagen os llevará hasta Dafne, la anfitriona que nos convoca este jueves. Muchas gracias.
El día que volvimos a escucharnos.
La ola de calor llegó sin avisar. Bueno… avisar, había avisado.
Los científicos llevaban años repitiéndolo, pero en mi ciudad nadie pensó que sería tan brutal.
El asfalto parecía derretirse, los árboles se secaban como si alguien les hubiera robado el alma, y el aire… el aire era una pared caliente que te golpeaba al salir de casa.
En ese verano extremo, la ciudad estaba más dividida que nunca. Los jóvenes culpaban a los mayores.
—Vosotros habéis destrozado el planeta —decían—. Ahora nos toca pagar las consecuencias.
Los mayores respondían con cansancio.
—No sabéis lo que es trabajar de verdad. No respetáis nada. Todo lo queréis fácil.
Las miradas se cruzaban como cuchillos. Los saludos se habían convertido en gruñidos.
La convivencia era una cuerda a punto de romperse.
Una tarde, el termómetro marcó 47 grados.
Los centros de salud estaban saturados. Muchos mayores vivían solos, encerrados en pisos que parecían hornos.
Los jóvenes, por su parte, se refugiaban en centros comerciales o en sus móviles, intentando ignorar el mundo real.
Y entonces ocurrió lo impensable.
A las 22:14, toda la ciudad quedó a oscuras.
Un apagón total. Sin aire acondicionado. Sin ascensores. Sin neveras. Sin teléfonos.
El silencio fue tan profundo que parecía otro planeta.
Los jóvenes, acostumbrados a que todo funcionara con un clic, entraron en pánico.
No sabían cómo conservar comida sin electricidad.
No sabían cómo refrescar una habitación sin ventilador.
No sabían cómo organizarse sin chats ni redes.
Los mayores, en cambio, recordaban. Recordaban cómo se vivía antes.
Recordaban trucos, soluciones, pequeñas sabidurías que habían aprendido en tiempos más duros.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Los jóvenes escucharon.
—Pon toallas mojadas en las ventanas —dijo Carmen, de 78 años—. Así bajará la temperatura.
—Agrupa las botellas de agua y cúbrelas con un paño húmedo —añadió Antonio—. Se mantendrán frescas más tiempo.
—No salgáis solos. El calor no perdona.
Los jóvenes empezaron a ayudar. Subían agua a los pisos altos, acompañaban a los mayores a las zonas más frescas, improvisaban linternas con velas y botellas.
Y los mayores, a su vez, enseñaban, guiaban, calmaban.
En cada edificio se formaron pequeños grupos mixtos.
Por primera vez en años, la ciudad se miraba a los ojos.
El apagón duró dos días. Dos días que cambiaron mi ciudad para siempre.
Los jóvenes descubrieron que la experiencia era un tesoro.
Los mayores descubrieron que la energía y creatividad de los jóvenes podían mover montañas.
Cuando volvió la luz, nadie celebró solo.
Se celebró juntos.
En la plaza central, improvisaron una reunión.
No había discursos grandilocuentes, solo voces sinceras.
—No podemos seguir así —dijo una chica de 17 años—. Os necesitamos.
—Y nosotros a vosotros —respondió un hombre mayor—. El futuro es vuestro, pero no podéis construirlo sin memoria.
Ese día nació el Consejo Intergeneracional de mi ciudad.
Jóvenes y mayores trabajando codo con codo para mejorar la ciudad, prepararse para nuevas olas de calor y reconstruir los valores que se habían perdido.
El verano siguió siendo duro, pero ya no estaban solos.
Las calles se llenaron de talleres, actividades, proyectos compartidos.
Los jóvenes enseñaban tecnología; los mayores enseñaban vida.
Y aunque el clima seguía cambiando, algo más había cambiado también la forma en que se miraban.
Porque a veces, para volver a escucharnos, solo hace falta que el mundo se apague un momento…
Para que las personas vuelvan a encenderse.
Nota: es inventado , pero estamos más cerca de que ocurra , asi, pues vayamos tomando conciencia
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